El lado oscuro de los genios


Woody Allen es un creador genial. Pero también podría ser un repugnante abusador sexual, si las acusaciones, verosímiles, de su hija adoptiva son ciertas. La reaparición de este caso vuelve a plantear dilemas recurrentes: ¿se puede separar la vida y la obra de los artistas?, ¿es posible admirar a grandes escritores, pintores, cineastas, que en su vida privada han sido maltratadores, violadores, misóginos, xenófobos, racistas, crueles, incluso homicidas, o que abrazaron ideologías totalitarias y genocidas como el nazismo o el estalinismo? ¿Les es aplicable la frase buenista de Kapuscinski, «una mala persona no puede ser un buen periodista»? En el caso del director de cine neoyorquino, ¿podemos seguir viendo de la misma manera que cuando se estrenó, hace casi 40 años, Manhattan, la excelente película en la que el cuarentón que interpreta Allen mantiene relaciones sexuales con una adolescente? La lista de genios perversos, comprobados o presuntos, es larga: Mailer, Picasso, Burroughs, Althusser, Heidegger, Koestler, Salinger, Naipaul, Simenon, Paz, Pound, Hamsun, Neruda o Céline, este de actualidad por la suspensión de la publicación de sus panfletos antisemitas por la editorial Gallimard. ¿Podemos seguir leyendo la intrincada filosofía de Heidegger, considerado uno de los más excelsos pensadores del siglo XX, olvidando que fue un nazi recalcitrante que llegó a traicionar a su propio maestro, Husserl, por ser judío? Hay quienes aducen que si admiras a un artista, si te fascina su obra, es mejor no conocer a la persona que hay detrás, porque te puedes encontrar con un monstruo. Puede ser. Otros dicen, con razón, que los libros o las películas hablan por sí mismas. Pero no deja de ser inquietante conocer el lado oscuro de los genios.

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