Puigdemont I, El Iluminado


No es cierto que Puigdemont quiera forjar una república catalana. Ni mucho menos. Lo que quiere es una Monarquía cuya corona recaiga en su testa. Si no, que alguien me explique sus palabras en Dinamarca: reclama garantías para regresar a España «sin riesgo» de ser detenido. O sea, que pretende ser inviolable, como los Reyes. Más claro, imposible. Todos los españoles (incluidos los catalanes) somos penalmente responsables; todos menos Felipe VI (por gracia de la Constitución española) y Puigdemont (por gracia suya). Yo propongo que lo designen como Puigdemont I, El Iluminado, por no faltar a esa tradición tan popular de poner un apodo descriptivo a los Monarcas. Una pena que El Impotente esté ya ocupado por Enrique IV, y El Hechizado por Carlos II, porque también le vendrían al pelo: porque por mucho que se empeñe, lo de ser Rey catalán no va a poder ser, y cuando primero se dé cuenta de ello, quizás antes deje de hacer el ridículo y de parecer un alienado.

Desde luego debe de hervirles la sangre a todos los represaliados del franquismo; todos los que padecieron la iniquidad y opresión de una dictadura eterna; aquellos que sufrieron edificando El Valle de los Caídos; quienes se pudrieron en las cárceles o, en fin, los fusilados en cunetas que ahora reposan en fosas comunes Dios sabe dónde… Debe de hacérseles, como digo, mala sangre, al oír cómo El Iluminado compara nuestro sistema constitucional presente con la dictadura franquista, y se equipara él mismo con todos aquellos represaliados. Ya sólo falta que se identifique con con las víctimas de Mauthausen, Auschwitz o Dachau; algo que, seguramente si no hace es tan solo por no ofender a los Estados europeos a los que sigue implorando, cual plañidera, que hagan caso a sus continuas payasadas.

Forjar una democracia tras cuarenta años de dictadura fue un logro que solo los locos o los ignorantes pueden obviar. Tiene desde luego sus carencias, como todas las democracias sin excepción, y en el aniversario que este mismo año vamos a celebrar conviene tenerlo presente, pero eso no empequeñece cuanto significa la Constitución y la modernidad a la que nos ha conducido. Y tratar de vender la imagen de una España totalitaria, caduca, arbitraria y represora sólo oculta que lo verdaderamente rancio es el nacionalismo, que hunde sus raíces en el carlismo del «Dios, Patria, Rey». Porque El Iluminado no representa más que a esa burguesía catalana egoísta, heredera de los planteamientos carlistas, y nadie que verdaderamente sea de izquierdas puede entender cómo se alían con él partidos políticos que cantan ¡la Internacional! ¿Pero entienden el título del himno y verdaderamente conocen sus versos? Quizás lo estén traduciendo mal al catalán: 

VERSIÓN CASTELLANA:

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la internacional.

VERSIÓN ERC:

Agrupem-nos els catalans

en la DUI final.

Els payeses tots

són la internacional

Pero siga, así, Su Majestad El Iluminado, acompañado de su corte de bufones, porque a la postre se encuentra en la misma situación que Isabel II hace ciento cincuenta años, tras la Revolución Gloriosa, a saber, con las maletas hechas y fuera de España. Por lo menos la hija de Fernando VII se percató de que su hora había pasado; Vd. ni a sus luces llega (y mira que eran pocas las de la reina), porque no acaba de reconocerlo. En España tiene ya menos recorrido que el actual trazado AVE de Asturias a Madrid, excepto, claro está, en el Tribunal Supremo, donde le están esperando. Entretanto, seguirá usted feliz, vitoreado por una plétora de visionarios que acabarán en su loca carrera por drenar cualquier posibilidad que pudiera en algún momento tener el independentismo. Y es que está claro que, al proponerle a Vd. como candidato al a presidencia de la Generalitat, sabiendo la ilegalidad de una investidura telemática (como les han hecho saber los letrados del Parlament), los partidos independentistas siguen instalados en la dinámica de la confrontación y de la desobediencia. Con ello no hacen  más que dar la razón a las medidas cautelares adoptadas por el Tribunal Supremo respecto de los exdiputados y líderes de ANC y Òmnium: existe una estrategia de desobediencia que sigue en pie, lo que entraña, pues, un delito continuado.

La pregunta es ¿hasta cuándo pueden mantenerse en el sistema democrático partidos políticos que infringen constantemente las leyes? En su día se aprobó una nueva Ley de Partidos Políticos dirigida en buena medida a ilegalizar Herri Batasuna. Fue un error, porque con ello se forjaba una ley de caso único; lo lógico, en su caso, tendría que haber sido el conformar una norma de alcance general, que concretase lo que ya estipula el artículo 22 de la Constitución, a saber, que «las asociaciones que persigan fines o utilicen medios tipificados como delito son ilegales». Perseguir la independencia es un fin absolutamente lícito… hacerlo por la vía de la sedición y la desobediencia, no. Fin lícito, medio ilícito. La respuesta ante esta situación nos la brinda el artículo de la Constitución que he reseñado. Si actualmente no se ha desarrollado por vía legal en toda su dimensión es, precisamente, porque España goza de una enorme extensión de sus libertades democráticas de la que El Iluminado se ha visto favorecido hasta ahora. Pero la paciencia está agotándose: si el crecimiento económico o la estabilidad política a nivel nacional sigue secuestrada por las locuras de El Iluminado y sus corifeos independentistas, quizás haya que cambiar de estrategia. Y no nos habremos salido ni un ápice de la Constitución y, por tanto, de la democracia. Si se puede restringir la libertad de expresión, por ejemplo, para impedir referencias discriminatorias, también es posible limitar el derecho de asociación para ilegalizar partidos políticos que emplean estrategias ilegales para conseguir sus fines. No se olvide.

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