Una de dos, o fugitivo o «president»


Con el tiempo que llevamos dedicados al lío catalán y todavía no tenemos claro el papel de cada uno. Aún no nos ponemos de acuerdo si Puigdemont, Puchi para los amigos íntimos, es un fugitivo de la justicia que quería romper el país, que no respeta la legalidad y que lidera una rebelión; o es el president de los catalanes, legalmente elegido, que sueña con conducirlos al paraíso, y al que el Estado español persigue porque no le gusta su peinado.

Y resulta fundamental alcanzar un consenso en el tratamiento que le damos a Puchi a partir de ahora, porque ahora mismo tenemos un embrollo que pone bien a las claras nuestras propias contradicciones en algo tan elemental y nimio. Si en esto somos poco coherentes, imagínense lo que nos ocurre cuando se trata de asuntos de calado.

Porque si Puchi es un fugitivo, ¿por qué entonces lo tenemos todos los días en las primeras páginas de los periódicos, abriendo los telediarios y siendo el protagonista de tertulias, debates y entrevistas? Y ¿cómo se entiende que se televisen en directo sus ruedas de prensa, conferencias y ocurrencias? Es difícil también de comprender la atención que el Gobierno y los partidos de la oposición le dedican saliendo al paso y valorando cada una de sus gracias. Si echamos mano de las hemerotecas, no pasa ni un solo día sin que la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, le dedique unos minutos de sus comparecencias públicas y el ministro Zoido nos descubra algo del seguimiento y control a los que someten al cesado, como hizo ayer mismo con su posible regreso en un maletero. Y ya no digamos las explicaciones que la Justicia da de cada uno de sus movimientos, como si la excepcionalidad del caso le obligase a justificar una a una sus decisiones.

Desde el momento en que abandonó España hasta ayer mismo en que dijo que «debería poder volver sin riesgo de ser detenido» se le ha hecho un seguimiento al minuto, que es curiosamente, el título de la sección que mantiene algún medio desde el 29 de octubre, fecha de su huida.

No nos engañemos pues, a Puigdemont le estamos dando un tratamiento de president perseguido y exiliado. Que es lo que él dice que es. No nos gustará reconocerlo, pero es así. El protagonismo que le otorgamos no es el que debe recibir un evadido de la justicia. No recibieron igual tratamiento ni Francisco Paesa ni «El Dioni», por citar dos casos de prófugos bien populares. Es el de un galán, que para sí quisieran Madonna o Justin Bieber.

Así pues el error está siendo de los que marcan época. Por parte de todos. Desde el Gobierno al último de la fila. También de un servidor. Y eso solo tiene un par de reflexiones. O estamos cayendo en los juegos de estrategia que marcan los independentistas; que bien pudiera ser; o actuamos así porque tenemos mala conciencia y las ideas poco claras. Que también pudiera ser. Y que lo mismo es lo que es.

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