El título Los archivos del Pentágono no hace honor a la película. Parece el embalaje de un thriller político de espías. Y va mucho más allá. Steven Spielberg bautizó su largometraje como The Post por The Washington Post. El filme tendría que ser obligatorio en las facultades de periodismo y en las redacciones y aledaños. Más que para aprender, para no olvidar. Y para seguir emocionándose cuando arranca la rotativa, una imagen que para muchos periodistas sigue siendo como una inyección de adrenalina directa al corazón. Pero aquí hay lecciones para todos. Para los reyes de las redes sociales, que nunca se jugarán una pena de cárcel por una publicación. Para Donald Trump y todos a los que le gustaría que los medios de siempre desaparecieran. Para los gurús que entierran al redactor y encumbran al youtuber. Para los modernos que ensalzan cualquier rareza cinematográfica que no llegue al gran público y reniegan de Steven Spielberg. Para los que no le ven encanto a Meryl Streep porque es una señora que se puede permitir el lujo de fruncir el ceño. Y para los hombres a los que les cuesta reconocer que este mundo ha sido y es un corral de gallitos. Katharine Graham se convirtió en la editora del Post sin esperarlo. Su marido se suicidó y ella asumió el mando de un barco en quiebra. Era una patricia, pura casta estadounidense. Cenas con amigos de la Casa Blanca. Veranos en Martha’s Vineyard. «Cuando te repiten una y otra vez que no eres lo bastante buena y que tu opinión no importa, cuando eres invisible para ellos, cuando esa ha sido tu realidad durante tanto tiempo, es difícil no pensar que es verdad», dicen sobre ella en la película. Pero Graham puso a más de uno en su sitio. A sus consejeros. Al presidente Richard Nixon. Y, sobre todo, al periodismo.

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