Juicio a una estatua


Cuando pusieron la estatua de Woody Allen en la calle Milicias Nacionales, lo primero que pensé es que fundir en bronce al primer personaje público internacional que dijese algunas palabras elogiosas de Oviedo, era muestra del nivel pueblerino de nuestros gobernantes de entonces. Una cosa, pensaba, es destacar la impresión positiva que se lleven de nuestra ciudad las celebridades globales, porque hay que vender la marca y el turismo ha resultado ser una tabla de salvación económica también en nuestra tranquila capital norteña; y, otra cosa muy distinta, caer de hinojos y hacerle una reproducción 1:1 al autor del cumplido. Con el tiempo, es verdad que al señor Königsberg le hizo verdadera gracia la estatua, se ha prodigado un par de veces por estas tierras, ha ayudado a la promoción de Asturias como destino y parece que realmente se ha sentido a gusto aquí, no teniendo problema en divulgarlo. Unido a lo mucho que me gustan sus películas (casi todas, excluyo «Vicky, Cristina, Barcelona», que, aunque precisamente salga Oviedo, no hay quien la trague), y a que prefiero que las figuras vinculadas a la creación artística sean, mejor que los plutócratas y famosillos, los iconos globales (John Lennon, por ejemplo, tiene su figura en A Coruña, aunque no creo que haya dicho nunca que fuese una ciudad «de cuento de hadas»), decidí cesar mis personales hostilidades contra la estatua. Ello aunque el duplicado de Allen forme parte, de algún modo, de «estética de la usurpación» de la que hablaba Ánxel Nava, con acierto, para escrutar la proliferación, sin criterio y con gracia discutible, de esculturas en el espacio urbano de Oviedo, por decisión muy personal de Gabino de Lorenzo.

También creí que, cuando cayese el gabinismo, la estatua que derribaría espontáneamente el pueblo sediento de ajustar cuentas, como toca cuando el viejo régimen queda arrumbado, sería la de Arturo Fernández en Priañes. Por no hacer justicia, la imagen no se la hace ni al veterano actor, cuya imagen en el pedestal parece más la de un dirigente de la Europa Oriental previa a la caída del Muro, que la del amigo del exalcalde e incombustible «galán». Está claro que Arturo Fernández no se merecía la afrenta de erigirle la estatua, pero tampoco, por muy retrógrado que sea, que los furibundos antigabinistas la arrastrásemos como con la de Stalin en la Budapest revolucionaria de 1956, así que habrá que coexistir pacíficamente con ella.

La mayor de mis equivocaciones ha venido, sin embargo, al no ser capaz de imaginar que una parte del feminismo militante, movimiento que camina en el lado de la razón y en la convicción del progreso histórico, y del que me siento modestamente partícipe en praxis política y personal (con mis incoherencias, seguramente, pues nadie escapa del contexto y cultura en el que vive), concluiría que, cargando contra la estatua de Woody Allen, exorcizaría el machismo y los abusos sexuales de nuestra sociedad local, representando en ella todos los males a extirpar como quien apedrea al mismo demonio. De poco ha importado que no haya habido ninguna clase de condena judicial (ni siquiera fundamentos para promover un proceso penal) y que la presunción de inocencia sea un principio del que no nos podemos permitir prescindir si queremos que sea posible una mínima convivencia y la protección básica de los derechos de las personas. Para una parte de la opinión pública y para quien azuza la condena, el neoyorquino se merece poco menos que alquitrán y plumas, si vemos las descalificaciones que le dirigen. En el exceso de la persecución hay quien ha llegado a criticar la recurrencia en sus películas del sexo y las parafilias, como si no fuese el arte la mejor válvula de escape para abordar (a través del humor, muchas veces, como hace Allen) las cosas que nos obsesionan como especie, incluidos los tabúes, sus trampas y laberintos. A este paso, y a saber desde qué frente, habrá quien descubra que también es materia de sus historias el peso de la educación religiosa en nuestros miedos y quiera repudiarlo por burlarse ocasionalmente (aunque sea con algo de cariño) de sus propios orígenes judíos. Quizá no caigan en que, como Heurtebise y la Princesa reconocen en «El testamento de Orfeo» (ésta, de Cocteau), la peor condena, y no sólo en el transmundo, es juzgar a los otros.

Todo movimiento revolucionario (y el feminismo está revolucionando nuestro mundo, para bien) tiene derecho a determinado número de errores motivados por el exceso de celo, las equivocaciones humanas de análisis y estrategia o las dificultades del momento histórico. Y cuando hablamos de feminismos, además, realmente no hay singular posible por su necesaria heterogeneidad y amplitud; así que la confusión que lleva a esta petición de hoguera para Woody Allen es atribuible sobre todo a quien personalmente preconiza esta postura y, no al conjunto. No obstante, los errores, cuando no se atajan debidamente, son contagiosos y desencadenantes de peores males para la causa que se defiende. Así que, cuando el discurso por el que se pelea se convierte en «mainstream» (como ha pasado felizmente con las denuncias de abusos sexuales tras el asunto Weinstein), siempre procede estar alerta y cuestionarse las cosas, también las de aquellas personas con las que generalmente se confluye, sin callar ni dejarse llevar por la corriente.

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