Intriga, surrealismo, triste cachondeo


Fijaos qué día informativamente más hermoso para festejar el medio siglo del rey Felipe VI. El ayuntamiento del que partió la carrera política de Puigdemont se niega a ceder su auditorio para la entrega de los Premios Princesa de Girona. Alega que en junio empezarán unas obras de reforma, como hace el Real Madrid cuando le piden el Bernabéu para una final de Copa. Y a la hora del almuerzo familiar en el Palacio de La Zarzuela, el Parlamento de Cataluña se unirá a la celebración con un espectáculo de fuegos artificiales y mascletás cuya composición y alcance nadie puede adivinar a la hora en que se escribe esta crónica. Solo hay un prólogo que a los cronistas nos sale automáticamente del ordenador: todo puede ocurrir. El ambiente previo está cargado. En la entrega de los premios Gaudí, a la presidenta de la Academia solo le faltó llorar cuando señaló las sillas vacías de los perseguidos y exiliados. En la firma del nuevo contrato de Piqué con el Barça, el ilustre futbolista hizo lo más deportivo: dijo que no se respeta el resultado de las elecciones. Un diputado de Esquerra viajó ayer desde Bélgica y escribió tuits por el camino: «Iniciamos operación retorno bien cargados. Esperamos que no nos intercepten». El abogado español de Puigdemont aseguró que no sabe dónde está su protegido. Y el propio protegido pide amparo al presidente del Parlament para ser elegido hoy. Más intriga no se puede poner en una película de ciencia ficción política. Más surrealismo, tampoco. Y el cachondeo, seguramente insuperable si no fuese dramático para este país y sus instituciones. Lo indignante es la frivolidad con que se trata una resolución del Constitucional, la alegría con que se ensalza el liderazgo de Puigdemont y la facilidad con que multitud de medios desplazan la atención hacia el desgaste de Rajoy, como si ese fuese el debate. Y lo asombroso es la gran cantidad de politólogos, esa nueva especie invasora, que aceptan como posible cualquier locura legal que hoy se pueda contemplar. Como puro complemento de animación de la espera, van tres aperitivos. 1) Hay juristas que sostienen que la resolución del TC es contraria a la Constitución. Sería sublime. 2) Roger Torrent podría alcanzar el cénit de las tropelías: ¡declarar nula esa resolución del TC! Se proclamaría autoridad suprema en la interpretación de la Constitución. Y 3) Puigdemont pone de manifiesto su calidad humana al incitar a Torrent a desobedecer al TC y hacer que termine en la cárcel, cuando él no hace otra cosa que huir de ella. Solo falta que el fugado salga del maletero de un coche, coreado por una multitud con caretas de Puigdemont.

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