Los que hablan de los pobres


Las clases populares nunca lo fueron tanto a juzgar por los ríos de tinta que se están vertiendo en algunos medios sobre ellas. Desde la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el susto de Marine Le Pen o las recientes elecciones catalanas, las izquierdas se preguntan qué han hecho mal. Se vuelve a reivindicar el omnipresente ensayo de Owen Jones «Chavs», a pesar de que Owen Jones ha decidido dar su apoyo en España al partido que más está haciendo todo lo contrario de lo que se debería hacer si seguimos más o menos rigurosamente lo que nos contó en el libro. También se reivindica a personajes del otro lado del charco, como el muy turbio escritor Jim Goad, autor del «Manifiesto redneck», quien ha terminado por votar a Donald Trump, culminando así una oscura profecía autocumplida que dio inició allá en los años 90. También suele aparecer por ahí el libro de Frank Thomas «¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos», un libro en el que la religión y su utilización para pescar entre las clases populares sitúa el fenómeno a bastante distancia del que vivimos aquí. Me faltan en la lista «Música de mierda», de Carl Wilson y «Hillbilly, una elegía rural» de J. D. Vance. Todos ellos abordan de una u otra forma este problema, el de las clases populares con la política, el clasismo que sufren, el desprecio a la cultura popular y, aunque parezca mentira, y en muchísima menor medida, lo poco que cobran si tienen la suerte de hacerlo.

Hay algo curioso en esto de querer mimetizarse con los pobres desde lejos.  Hace unos meses fui al concierto de Scott H. Biram, un músico texano que se basta por sí solo para llenar un escenario y llegarte muy adentro con su mezcla de blues, punk y country.  En ese concierto se presentó al mismo tiempo la edición española del libro «Manifiesto Redneck» de Jim Goad, mencionado más arriba. La presentación corrió a cargo de los editores y del humorista Ignatius Farray (cuyo pezón izquierdo fue lamido por un miembro del público), y por allí vimos al bueno de Scott mirando sin comprender muy bien. Lo cierto es que al músico no le hace maldita la gracia la palabra «redneck». En el libro de entrevistas del periodista español Manuel J. González, «Muddy Roots Music»,  asegura estar harto del insulto y niega ser un redneck. Señala que ni en Texas ni en el sur de su país todo el mundo es ultraconservador. También añade que le rompería la cara a quien profiriera insultos racistas u homófobos contra él. El tópico del redneck, al igual que el de los chavs ingleses, es utilizado para estigmatizar a un sector concreto de la población y, en algunos casos, a zonas de un país concreto. Por supuesto, aquí todo lo interpretamos medio regular, y por eso acudí a un concierto en el que se le faltó al respeto a una estrella del country a mayor gloria de no se qué orgullo.

También hay quien se ha especializado en hablarnos de lo que, según él, escuchamos, leemos y vemos las clases populares en nuestro país, con especial saña en la música, a saber: si eres español, Melendi, si eres sudamericano, reguetón,  ya que las cosas deben seguir ese orden, pues de otro modo se desclasaría uno y alteraría seriamente el orden del Universo, y desde luego no está la miel hecha para la boca del asno y no es lógico ni deseable que un cani arrabalero se ponga un día a escuchar a John Coltrane, lo que le convertiría en un disidente que desprecia a los de su clase. Precisamente para eso mismo han surgido estos neohigienistas en España, para restaurar el orden y que ningún gañán pobre tenga la osadía de ir por ahí destacando en algo. Bueno, para eso y para llenarse la cartera un poco, que hay que buscarse las castañas.

Otros, ya puestos a descender a las catacumbas del pensamiento, han decidido introducir a las clases populares en eso que se ha dado en llamar «políticas identitarias». Sin asomo de sonrojo alguno, se comparan «identidades», sea lo que sea eso, y se llega a la conclusión de que ser negro, gay, transgénero, o de clase obrera, son identidades. Son una misma cosa aunque distinta. Hasta donde yo sé, y eso que no sé mucho, aunque, como Alberto Garzón, también he leído a Karl Polanyi, ser negro no es exactamente algo que se pueda dejar de ser, pero da igual. Lo cierto es que nadie quiere ser de clase baja, es un incordio. Vives menos y vives peor.

Se editan libros, se publican artículos, se dan charlas, sermones, misas políticas, huecas soflamas ante auditorios y lectores que preferirían estar muertos antes que pertenecer a los que menos tienen, vivir como ellos. Como nosotros. Se citan autores, muchos, pues la seriedad de tu discurso parece depender de lo que seas capaz de citar, lo que en mis tiempos se llamaba ser un pedante, y se crea, que de eso parece estar tratándose, un bonito nicho de mercado a tanto la soflama donde depositar las frustraciones aparentes de la izquierda. Huele a dinero, sí, pero no en mi barrio.

Con los gurús y políticos de la izquierda española preguntándose qué hay que hacer para acercarse a las clases populares, cómo captar sus votos y su movilización, no se ha llegado muy lejos. La derecha sigue ganando puntos mientras se escribe, se debate, como aquello de Lenin, ¿qué hacer?, pero sin saber hacerlo. Uno no puede evitar la sensación de que algunos están restregándose en su fracaso alegremente, entregándose a diálogos interminables que no llegan a ninguna parte mientras las clases populares de las que se debate están a lo suyo, a intentar sobrevivir y evitar esta jaula de grillos que no tiene la ocurrencia de hablarles de lo que hay que hablar: de trabajo. Del mercado laboral. De cómo mejorar su situación económica en este mundo de desigualdades y abismos. En realidad no hace falta ni que se pasen por sus barrios, por nuestros barrios. Solo tener ese discurso del que se carece o se esgrime como algo no tan importante como la identidad del pobre. Debería importar menos la cultura que consuma uno, lo que se crea o se deje de creer que es, si le gusta Melendi o le gusta Iron Maiden. A la derecha le importa poco. Por eso va ganando.

Pero todo esto es lo de menos. Encontrar una solución quizá incluya que se deje de cobrar por soflama y dejar de querer pastorear a las clases populares y olvidarse de decirles qué forma es la forma correcta de ser pobre. Dice Alberto Garzón que el problema no está en cómo representar a las clases populares sino en cómo ser parte de esas clases populares. Efectivamente, ahí está parte del problema: que no lo sois ni lo seréis nunca. Las clases populares vivimos regular. Nadie quiere eso para sí mismo. Nadie.

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