La traición va por barrios. Es sencillo poner en marcha la máquina que fabrica las etiquetas para marcar a los botiflers. Basta con darle un rato a la manivela. El problema es parar el mecanismo después. Porque el que alimentó el artefacto corre el riesgo de acabar como un cándido en el Día de los Santos Inocentes, con el monigote pegado en la espalda. Traidor. Eso le llamaron los convergentes a sus compañeros de Unió que no quisieron sumarse a Junts pel Sí. Fue el cartel que muchos le pusieron a Serrat en las redes sociales por no abrazar el referendo del 1-O, aunque gran parte de ellos se apresuraron a borrar el rastro para que las sonrisas de la revolución no parecieran muy torcidas. Dicen que botifler fue la palabra que le restregó Marta Rovira a Carles Puigdemont en los pasillos del Palacio de la Generalitat cuando él estuvo a punto de convocar elecciones autonómicas y evitar que se aplicara el 155. Quizás fue más gráfico (al menos contante y sonante) aquello de las «155 monedas de plata» que tuiteó Gabriel Rufián, que luego trató de reconducir. Pero resulta que ahora los apestados son los diputados de Esquerra Republicana, que no acaban de ver lo del presidente telemático. Y ya no son tan populares los Mossos. El independentismo catalán es como la última cena, pero con Judas rotatorios.

Sin embargo, en la CUP no se perciben como una bofetada a sus propios principios sus performances parlamentarias para exigir que sea presidente un señor de la antigua Convergencia. Es una suerte. Se ha tensado tanto la cuerda, que se ha roto la normalidad. A estas alturas, para la plana mayor del separatismo hay pocas opciones. Traidor. Preso. O cupero.

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