Cuidado con las euforias


El Gobierno está muy contento, y es para estarlo. Eso de leer que Puigdemont dice «esto se acabó, nos han sacrificado» es algo más que un alivio: puede ser el asomo del principio del atisbo de un desenlace a la crisis catalana, que el rey definió ayer como «la más grave de la democracia». Los mensajes del fugado al otro fugado, Toni Comín, milagrosamente recogidos por un cámara de Ana Rosa Quintana, son lo mejor que le ha ocurrido al Ejecutivo y una compensación después de lo que le hizo sufrir el Consejo de Estado. Si a eso se añade la división, o por lo menos la desconfianza, entre los independentistas, toca un barniz de optimismo. Romper el independentismo y leer que Puigdemont se siente sacrificado es cuanto de momento se puede pedir.

Pero cuidado con los excesos de euforia. Puidgemont es todo menos un tipo de fiar para el Estado. Para empezar, yo no me acabo de creer que tire del todo la toalla. Sostengo otras dos posibilidades. La primera, que lanza un SOS llamando a la solidaridad de sus fieles. Sospecho que quiere que lo aclamen, que le rueguen que se quede, que no renuncie a su patriótica tarea, que le digan que sin él no hay república catalana. Necesita un baño de afectos para superar estos días de tristura.

La segunda, que sufre un bajón después de ver que su cantada investidura no estaba tan cantada. Tiene la mosca detrás de la oreja después de escucharle a Joan Tardà la teoría del sacrificio. Está mustio al comprobar que no todos los patriotas de su república le aclaman tanto como le aclamaban. Digamos que el clima de Bruselas tampoco es el más aconsejable para levantar el ánimo decaído, sobre todo para quien está acostumbrado a la claridad mediterránea. Y, encima, tiene de compañera la sombra de la soledad, porque ya no hay peregrinaciones para ganar indulgencias cantándole Els segadors. La vida es así de injusta con los grandes creadores de nuevos Estados y nuevas utopías.

Pero, ya digo, contened los entusiasmos. Muerto un perro, suponiendo que haya muerto, se acabó su rabia, pero quedan más perros, dicho sea con todos los respetos. El hecho independentista no depende solamente de Puigdemont. Quedan los Rufián, que son la quintaesencia del rencor hacia España. Queda la turbamulta de los que provocan con la estelada. Queda la alegre muchachada de la CUP. Queda la penosa realidad del bloque constitucional, que anda en peleas de primacía y es incapaz de promover un proyecto y un liderazgo conjunto. Queda la Cataluña que ya desconectó de España. Y queda, sobre todo, una evidencia: el próximo Gobierno catalán será independentista. Y hablará de su república. Y quizá sea más peligroso en su estrategia, precisamente porque aprendió de Puigdemont.

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