La esvástica amarilla


En el luminoso relato antropológico El hablador, en las dos primeras líneas del capítulo VII, Mario Vargas Llosa escribe: «Pasan cosas buenas y pasan malas cosas. Mala es que se está perdiendo la sabiduría». Desde 1987, año en el que el Nobel peruano puso punto final a este libro, la pérdida de la sabiduría ha sido clamorosa. Pero, aun así, y aun incorporando el hecho de que la sabiduría no volverá a recuperarse, lo peor ya se anuncia con desparpajo, y no a paso de paseo, sino veloz a lomos de las tecnologías de la comunicación, que en menos de un cuarto de siglo ha extendido la mugre sin dejar lugar que anegar.

Sin embargo, la extensión de la mugre no es suficiente para tildarla de tal. A nuestro juicio, la segunda condición necesaria para ello es la profundidad. El colapso moral se da en la confluencia de estas dos líneas de fuerza. De un lado, el colapso no afecta solo a un imperio, como el chino de Jinping, el ruso de Putin o el estadounidense de Trump; ha de afectar a toda región, grande o pequeña, por lejos que esté de las anteriores, como el caso cercano a nosotros de Cataluña. Del otro, el colapso moral se manifiesta cuando las falsedades más atrevidas e insospechadas se dan por verdades, pero un tipo de verdades que verdaderamente son creídas por la repetición propagandística de los medios tradicionales y, sobremanera, de las bien llamadas redes sociales. El significado del lazo amarillo que enganchan a sus ropas los secesionistas catalanes ha calado en cientos de miles de personas, que, de pedirles que confronten los motivos jurídicos por los que están en prisión los Jorges, Forn y Junqueras con los que mantienen sin libertad a cientos en, digamos, Turquía, dirán que no hay diferencia alguna.

Cuando hay una sincronía de esta desmesura entre los intencionados difusores del mensaje y los consumidores del mismo, es cuando se puede aseverar que el saber ha fenecido y la mugre ha ocupado su lugar. En este sentido también, creemos que el lazo amarillo es un símbolo más del despotismo de las masas, embriagadas por demagogos plutócratas y demagogos de la dictadura del pueblo. En este sentido, el lazo cumple la función de la esvástica. La esvástica se ha teñido de amarillo y la democracia es un panfleto.

En el no menos luminoso texto, recientemente traducido al castellano, ¡Viva el latín! Historia y belleza de una lengua inútil, el filólogo Nicola Gardini habla de la fuerza de las palabras y la construcción de las oraciones, de sus significados y de sus intenciones. O sea, muy aplicable al procés. Leyéndolo, me recordó Gardini el mito de Semele, quien quiso ver tan de cerca a Júpiter (el Sol, en definitiva), que se achicharró. Puigdemont es el Sol. Pero que no se piense que esta metáfora es una metáfora. En absoluto. Muchos creen que, verdaderamente, es el Sol, el Guía de la nueva República. Puigdemont es Cataluña y Cataluña es Puigdemont. Sin lugar a dudas para esos muchos, Puigdemont es la encarnación de la verdad. En realidad, es la Verdad. Es Él. Y su apostolado es abultado. Elsa Artadi y Marta Pascual son sus discípulas más queridas y más sumisas. Y, como todo dios, tiene necesariamente que ser virtual.

Cuando la memoria se acuna en el presente virtual, el pasado queda emputecido y la razón enmudece. La ignorancia es demoledora cuando no se sabe medir su magnitud. Por eso los posesos se abrasan al querer tocar a Júpiter e incendian a su vez todo lo que tocan ellos. El Mundo está hoy en llamas.

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