El ridículo de Puigdemont es histórico


Por encima de sus proclamas de patriotismo trasnochado, su verborrea victimista y su arsenal de mistificaciones históricas, repetidas mil veces en mítines y butifarradas, lo que siempre me interesó de los líderes independentistas catalanes, por pura curiosidad psicológica, es lo que dicen en privado. Cuál es el lenguaje que utilizan en la intimidad, cuando se creen a salvo de cámaras y micrófonos. Escuchar las conversaciones grabadas por orden judicial, leer los mensajes de texto intervenidos o la moleskine en la que uno de ellos anotaba día a día lo que decían mientras se fraguaba el intento de golpe es una experiencia alucinante que demuestra hasta qué punto la mayoría de ellos son irrecuperables para la democracia no por sus ideas, sino porque lo que necesitan es un tratamiento psiquiátrico que los devuelva a la realidad.

Durante mucho tiempo se dio por hecho que todos esos discursos delirantes eran pura provocación. Pero ahora sabemos que no es así. Que esta gente, por lisérgico que nos parezca, creía de verdad que estaba haciendo historia. Por eso, de los reveladores mensajes de Carles Puigdemont, más allá del cinismo de que mientras se sigue reivindicando en público reconozca en privado que el procés y él mismo están acabados -al parecer era el único español que no se había enterado todavía- me interesa el hecho de que, dirigiéndose exclusivamente a su compañero Toni Comín, y no a la posteridad, le diga que «volvemos a vivir los últimos días de la Cataluña republicana». Ni siquiera en la intimidad, y en el duro trance de admitir la obviedad de que es un cadáver político y un fracasado, puede salirse Puigdemont de ese papel de Napoleón loco. Hablamos de un fanático que cuando viaja al extranjero siempre se registra en los hoteles por la noche porque dice que a esa hora hay «personal de servicio inmigrante» que no le discute cuando dice que su nacionalidad es catalana. Que no vuela nunca a Madrid en puente aéreo, sino que aprovecha las escalas en la capital de vuelos internacionales que parten de Barcelona, porque así le exigen mostrar el pasaporte, como si llegara del extranjero. Y que, cuado viaja en coche, en las autopistas solo permite al chófer pasar por la cabina de pago cuando en el rótulo pone peatge, en catalán, jamás cuando pone peaje. Puede dar risa, pero conviene saber que los mayores fanáticos de la historia, los que provocaron grandes tragedias, tenían manías igual de ridículas y parecida dificultad para situarse en el mundo real.

Puigdemont no necesita un interlocutor político. Ni siquiera un juez que lo juzgue, aunque lo tendrá. Lo que necesita con urgencia es un médico que lo trate. Que semejante personaje haya llegado a regir los destinos de Cataluña es algo incomprensible. Pero, ahora que él mismo reconoce que es un zombi, empeñarse en seguir sosteniendo que es un candidato viable a la investidura es prolongar gratuitamente el daño que ha causado a los catalanes. Y aquellos que lo hagan tendrán que responder por ello cuando esta farsa termine. Sí. El ridículo es histórico.

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