El derbi


Tiene Borges un escrito sobre las distintas traducciones que le llegaron de la Iliada, muchas de ellas en inglés, y las diferencias en su literalidad y engolamiento, quién sabe si para respetar (se pregunta el escritor) un sentido en los adjetivos que ya no existe y era propio sólo del mundo antiguo; al final el escritor casi termina por decantarse por la más comedida «como una serie de noticias tranquilas» que pudiera ser la más fiel. Yo tengo el convencimiento de que hoy, miles de años después, lo más parecido a la guerra de Troya que puede vivirse aquí y en este momento es el derbi entre el Real Oviedo y el Sporting que en esta jornada llega a la capital.

A la seis de la tarde están convocados en el Tartiere los héroes singulares de dos antagónicos irreconciliables. No hay ningún Aquiles previsto pero podría haber un Héctor. Y además de los humanos que concurran, algunos semidioses durante 90 minutos, ha descrito el parte meteorológico que estarán convocados otros seres mitológicos porque esta nueva batalla que nunca termina va a tener lugar entre los rigores del frío, con un Eolo en cada ráfaga de viento, con Thor martilleando truenos en el horizonte; nieve, barro o lluvia sólo son adornos de una contienda largamente esperada, la calderilla del pago de las deudas.

Tengo mi preferencia, claro, que es la del color que no conocían los griegos, el azul. Y no puede ser de otra manera. En El héroe de las mil caras, el mitógrafo Joseph Campbell describe que todas las leyendas y epopeyas presentan un mismo patrón y que hay un ciclo que es igual para todo lo legendario. El viaje de un elegido por el destino comienza desde el paso de lo cotidiano a la aventura, tras muchas pruebas y reticencias el héroe se probará en entuertos que le harán más pruebas, habrá mentores y desengaños hasta que llega el momento crucial de la peripecia definitiva. La hora más oscura, el descenso a los infiernos, al más profundo de los abismos, la misma morada de la muerte. Sólo el verdadero héroe regresa de las andanzas más severas, por eso su camino es una gesta y no un paseo de acomodados.

Dijo Nietzsche que sólo quien ha perdido ya no le teme a la derrota y entre los adversarios de hoy sólo hay uno que vuelve en un camino de regreso, que no importa lo nublado que esté el cielo porque es un sol en sí mismo, que se ha forjado mejor en los extremos más crudos; porque lo que no le mata lo hace más fuerte, que también lo dijo Nietzsche. Aquí, donde se acepta de buena gana a la gente de todo color, aquí estaremos. Siempre Oviedo.

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