Molt honorable president honorífic


Si los mensajes de Puigdemont fueron lo que decíamos ayer (una demanda de cariño porque el hombre siente desamor y soledad), ya tiene: los puñales se esconden, Roger Torrent lo consuela diciéndole que sigue siendo el candidato, y Oriol Junqueras propone el invento del siglo, que es hacer al prófugo presidente honorífico. Aunque parezca muy original, no lo es: ya lo había sugerido Mas-Colell, que fue consejero de Economía y es hombre respetado por su buen juicio y su prestigio intelectual. Quiere decirse que ilustres cabezas catalanas están estrujando su cerebro para darle alguna satisfacción al niño, quizá porque consideran justo que se reconozcan y premien sus méritos acumulados; o quizá para que se calle y deje de incordiar, como mandaba la canción de Serrat: «Niño, deja ya de joder con la pelota».

A mí, como saben, me tiene conmovido la capacidad de invención que demuestran a diario los independentistas, pero esto de la presidencia honorífica es ya de categoría superior. Me recuerda aquellos ministros sin cartera que hubo en España y no tenían función concreta, pero eran ministros. Ahora nadie sabe lo que es la presidencia honorífica de una comunidad autónoma, porque no hay precedentes ni países a imitar, pero el designado puede poner en sus tarjetas de visita la palabra presidente, que es de lo que se trata y es lo que quiere que vean en su pueblo. El caso es tener el nombramiento y el sueldo que le acompañará, que el puesto se llenará más tarde de contenido y se le pondrá secretaría, gabinete técnico, escolta y, por supuesto, derecho a una esplendorosa jubilación. A mí no me importaría una patada hacia arriba como esa.

¿Y a qué se podría equiparar ese rango? Si Cataluña fuese ya una república independiente, Puigdemont sería algo así como su jefe de Estado, naturalmente en el exilio, que es lo que le gusta, y el presidente efectivo de la Generalitat sería lo que ya hubo: el conseller en cap con mando sobre los demás consejeros. Si no fuese república independiente, el papel de Puigdemont, también en el exilio, sería parecido al papel del rey, que reina, pero no gobierna ni se ocupa de los presupuestos, pero haría mensajes de Navidad y recibiría a embajadores en Bruselas.

Se me dirá: ‘oiga, periodista, que esa figura del honorífico no está en ninguna ley ni en el Estatuto de Autonomía’, y yo responderé ‘¿y qué más da? Si no está en las leyes, se mete en algún reglamento, o se hace una nueva ley exprés o se incluye ese puesto en las leyes de desconexión’. ¡No vamos a perder esta oportunidad de callar al niño por una prosaica laguna legal! El gran inconveniente que veo es el tratamiento: «Molt honorable president honorífic». Me parece una redundancia.

Valora este artículo

3 votos
Comentarios

Molt honorable president honorífic