No hace mucho. No muy lejos. Esas dos frases presiden la exposición itinerante sobre Auschwitz que ahora mismo está en Madrid. El peligro es olvidar que muchas de las peores cosas sucedieron no hace mucho. Y no pensar en algunas que están ocurriendo no muy lejos. En cada paso es aconsejable pisar hasta salpicarse del barro del pasado y del lodo del presente. Hoy sobran las comparaciones baratas. Yo, Mandela. Tú, apartheid. Yo, demócrata. Tú, fascista. Yo, héroe, siempre héroe. Parece que la vida real imita al cine que llega a las salas en los últimos tiempos, que hay mucho héroe suelto, y con ninguna intención de ser anónimo. Ante cualquier roce, su piel es de papel de fumar. Pero levantan un puño de acero para el golpe. Es difícil navegar por el océano de lo políticamente correcto. Compañeros y compañeras del partido del macho alfa. Amigos y amigas de las reformas eternamente pendientes (vuelva usted mañana con lo de la brecha salarial). Colegas y colegos del «hoy no toca hablar del tema este de la igualdad en el cine, que estamos tan a gustito en los Goya». Se malgasta el tiempo y la saliva doblando palabras mientras solidarios mares de corbatas supuestamente se agitan con las injusticias. ¿Qué dirían aquellas sufragistas de principios del siglo XX? ¿Qué sentirían al ver a las mujeres de Irán desafiando al régimen librándose del pañuelo o al contemplar a las que usan velo integral? ¿Qué cara pondrían al repasar las cifras de los asesinatos? ¿Cómo procesarían en sus cabezas que existe a estas alturas la mutilación genital? Es como si no hubieran pasado cien años. Y dicen que se necesitan más de cien más. Seguramente porque no basta con palabras y palabros.

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