Lo peor de los Goya


Hacía años que no veía los Goya, pero el sábado hice una excepción, quizá porque el día anterior había visto una de las películas en liza (La llamada) o porque la noche no invitaba a dar un paseo. Y la verdad, a mi no me parecieron mal. La gente se cree que va a ver un episodio de El club de la comedia, y ni dura 15 minutos, ni una entrega de premios tiene que ser una sucesión de chistes, mejores o peores.

Los Óscar del cine español tienen cada año tres actos que ya son una tradición: primero, la turra previa que nos dan durante semanas anunciando el evento por tierra, mar y aire; después, la gala en sí; y, por último el día después, con legiones de periodistas y críticos destrozando a los presentadores como si les fuera la vida en ello. No, Penélope no plantó a la moda española al acudir vestida de Versace (como si aquí todos fuéramos de Zara), simplemente se puso lo que le salió de... Y Arturo Valls no tuvo ningún patinazo machista, dijo lo que pensaba y es tan respetable como aquellos que enarbolaron abanicos y consignas feministas. ¿Más mujeres en el cine? Tendrán que estar las que lo merezcan, como se demostró con Isabel Coixet. Nunca he creído en los porcentajes, y menos en el fifty-fifty. ¿Qué cuota les damos a los transgénero? ¿Y a los calvos?

Yo creo que los Goya tienen dos problemas. Uno es el ritmo, no está suficientemente ensayado y se producen momentos como ese en el que los encargados de dar una estatuilla se quedaron sin saber qué decir porque nadie se la había llevado. Falta una música que culmine con solemnidad la entrega de un premio y lo enlace con el siguiente. Y luego está el público, que no se ríe. Empieza la gala y están todos fríos. No lo entiendo, porque se supone que vienen a una fiesta, que se conocen todos y algunos hasta se habrán tomado unas copas. ¡Y son profesionales de la actuación! Pues no pasa nada, que pongan risas enlatadas. El espectáculo, visto por televisión, ganaría mucho.

Para mí, lo peor no fueron Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla, aunque a veces no tuvieran gracia y el número final fuera francamente malo. Lo peor, con diferencia, fue que TVE, una cadena pública y que pagamos todos, le diera un micrófono a una influencer en la alfombra roja para que preguntara a los invitados las marcas que llevaban encima. Eso sí que fue bochornoso.

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