El bablet


A mediados de los 90 la encarnación absoluta del Mal, así con mayúsculas, en España era ETA, y no sin motivos. Así que cuando al conservadurismo hispano le daba por flirtear con el populismo (y lo hace con frecuencia), lo más recurrido era asociar a lo vasco a cualquier cosa que le produjera urticaria. Fue entonces cuando se acuñó por aquí el neologismo «asturtzale» (a veces «asturchale») para denigrar al  asturianismo en general y las reivindicaciones sobre la oficialidad de la lengua asturiana en particular. Y aunque ahora parezca totalmente en desuso y propio de la arqueología de la jerga, de verdad que se dijo y se publicó con frecuencia.

En 2018 es otro nacionalismo, el catalán, el que (no sin motivos) conjura todos los demonios de la carcunda así que el recurso del presente para oponerse a la oficialidad del asturiano es amenazar con que su aprobación conllevaría un apocalipsis soberanista en el Principado que ni está ni se le espera. Son los tiempos del «bablet», a la manera en la que la fallecida Rita Barberá se inventaba un «caloret» que no existe en valenciano para inaugurar las fallas de hace tres años. Porque el drama que se promete con la oficialidad del asturiano tiene mucho de fabulación y para cuajarlo se está llegando a extremos ridículos.

De nuevo se han recuperado falacias que parecían olvidadas, como que no hay un asturiano sino muchos bables por lo visto ininteligibles entre sí. Ninguno de los promotores de esta suerte de argumento se atrevería a sugerir que el español no existe porque en la península ibérica se pronuncia de muchas maneras o que las variantes de Europa a América son innumerables y, por cierto, una muestra de riqueza cultural. Se sostiene que llegará una imposición brutal, que obligará a hablar asturiano en comercios y en la Universidad, cuando lo cierto es que ninguno de los colectivos que lleva décadas defendiendo la oficialidad ha sugerido nada parecido; que ni siquiera se reclama que sea una exigencia para sacarse unas oposiciones para la administración. Es que simplemente no es verdad.

Se ha llegado a afirmar que el coste de implantar la oficialidad del asturiano superaría los 70 millones de euros anuales, es una cifra sacada de una chistera por parte de un lobby al right conocido ya por su afán en difundir fake news en el peor estilo y estela del populismo ultraderechista que ha puesto los pelos de punta incluso al conservadurismo clásico europeo. ¿Esa es la nueva referencia moral que quiere elegir el centro derecha asturiano? ¿los émulos de Steve Bannon a este lado de la cordillera cantábrica? Ese es un camino más que peligroso. Digamos además que todos sabemos jugar a la demagogia, y que aunque esa cifra fuera cierta (y no lo es), estaría rozando el pufo de deudas con el que el antiguo alcalde de Oviedo, hoy delegado del Gobierno en Asturias, ha hipotecado las cuentas de la ciudad para muchas décadas. Eso son 70 millones de euros contantes y sonantes, verdaderos y tangibles, que todos los ovetenses tendremos que abonar para nada por los caprichos de un Berlusconi local, y significan (esta vez de verdad) menos fondos para recursos sociales muy necesitados por los ciudadanos. 

Sobre todo urge recalcar que el camino que elija Asturias para formalizar la oficialidad de su lengua autóctona será elegido por los asturianos, sin mirar ni al País Vasco, ni a Cataluña, ni tampoco si fuera preciso a Galicia que no se sabe muy bien por qué nunca se quiere tomar como referencia de los heraldos del apocalipsis bablista. Y que si algo pone de manifiesto ese constante mirar hacia otros lados es una profunda desconfianza en el juicio de los paisanos, como si fueran ciudadanos de segunda, como si fueran menores de edad perpetuos.

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