El PNV quiere recoger las nueces

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Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas». Han pasado ya 28 años desde que, en abril de 1990, el entonces presidente del PNV, Xavier Arzalluz, hiciera esta proclama en una reunión con la cúpula de Herri Batasuna. El histórico dirigente del nacionalismo vasco se refería así a la coincidencia de intereses entre su partido, la izquierda aberzale y la organización terrorista ETA, y al necesario reparto de papeles para alcanzar el objetivo común, que no es otro que la independencia. Casi tres décadas después, Arzalluz es un fósil político y ETA, aunque no ha desaparecido, lleva ya seis años sin sacudir el nogal. Es decir, sin asesinar a inocentes en nombre de la independencia y el derecho de autodeterminación del País Vasco. Y, sin embargo, el PNV sigue aferrado a esa estrategia ventajista, consistente en hacerse pasar por un partido moderado para recoger tranquilamente, sin riesgo y sin coste alguno, las nueces que caen cuando otros tratan de alcanzar sus mismos objetivos zarandeando el árbol de manera radical. En este caso, al contrario que ETA, el independentismo catalán lo hace sin recurrir a la violencia terrorista, pero sí provocando una «violenta explosión social» con el objetivo de «intimidar a los poderes legalmente constituidos», según los autos por los que el juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena mantiene la acusación de rebelión contra los principales líderes del fracasado procés.

Si eran necesarios más argumentos para defender que el Estado de derecho debe mantenerse firme y sin ceder en lo más mínimo ante las presiones de quienes pretenden subvertir por la fuerza el orden constitucional, el PNV los pone encima de la mesa al tratar de aprovechar el caos político generado por el golpismo en Cataluña, y la debilidad de un Gobierno que necesita su apoyo a los Presupuestos, para volver a la carga en su reivindicación soberanista por la vía de una reforma del Estatuto que desborda cualquier marco constitucional e implica una independencia de facto que va más allá incluso que el frustrado plan Ibarretxe. Y, como siempre, el PNV se pone la piel de cordero haciendo pasar por moderadas y asumibles, en contraposición con la unilateralidad del independentismo catalán, unas propuestas que son en realidad absolutamente inaceptables.

Era evidente que, a pesar de presentarse como un partido responsable y comprometido con la gobernabilidad de España, el PNV iba a aprovechar los desvaríos de Mas y Puigdemont para tratar de sacar tajada. Y es palmario también que ceder a cualquier pretensión soberanista en Cataluña solo provocaría un efecto dominó que comenzaría en el País Vasco y supondría a la postre la desaparición de España como nación. El Gobierno no solo debe combatir por tanto con toda la fuerza del Estado de derecho el golpismo en Cataluña, sino también negarse a entrar a negociar siquiera el trágala al que quiere someterle el PNV. Y ello, aunque el precio sea quedarse sin Presupuestos o poner fin a la legislatura.

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