Lo último que dijo en público el presidente del Gobierno, en el mismo acto en que nos aconsejó ahorrar a todos, mileuristas incluidos, ha sido esto: «La política no puede ser un enfrentamiento eterno y estéril». Como deseo, es un deseo excelente, de Premio Princesa de Asturias a la Concordia. Como realidad posible, una perfecta utopía. Y en España, mucho más. La única política que vemos es justamente la del enfrentamiento. Podríamos hacer un interminable relato de los asuntos que enfrentan a las fuerzas políticas y subrayo la expresión «fuerzas políticas» porque, gracias a Dios, ese enfrentamiento no llegó a la sociedad. Dejando a un lado el conflicto catalán, que es el choque político por antonomasia, no hay asunto público que no suponga confrontación.

Ejemplos de los últimos días: si el jefe del Gobierno anima a suscribir planes de pensiones, parece obligado reprocharle, con razón o sin ella, que defienda más a la banca que al sistema público; si se plantea la prisión permanente revisable, se origina un conflicto en que la acusación más suave es que se hace populismo; si Guindos es candidato a la vicepresidencia del Banco Central Europeo, se califica como un premio al seguidismo del austericidio de Merkel o se reclama su inmediata dimisión como ministro; si se habla de quita de deuda autonómica, este mismo diario publicaba ayer que «Feijoo se enfrenta a Rajoy»; si Ciudadanos crece en las encuestas, el PP se propone destruirlo; cualquier cosa que haga el PP, el PSOE o Ciudadanos merece la descalificación o la furia de Podemos; y naturalmente, si hay un punto de acuerdo entre Albert Rivera y Pablo Iglesias sobre la Ley Electoral, todos los demás se les echan encima.

No es fácil encontrar la menor colaboración entre nuestros representantes, ni un detalle de generosidad, ni un gesto por la estabilidad cuando tanto se habla de legislatura en peligro, ni una aproximación para la aprobación de los Presupuestos del Estado. Todo es controversia, voluntad de hundir al adversario, afán de poder y prisa por conseguirlo, pero no por méritos propios, sino por el hundimiento del otro.

Hay políticos, como Pablo Iglesias, que confiesan que su objetivo es echar a Rajoy. El resultado es que grandes problemas nacionales se pudren en las mesas de los despachos, mientras los partidos juegan a desestabilizar al gobierno tratando de anular leyes y reformas aprobadas. Sí, señor Rajoy: tiene usted muchísima razón. Pero quizá también algo de culpa por la oposición que antes hizo el Partido Popular y lo que jugó a destrozar al Partido Socialista. Gracias a Dios, como digo, en la sociedad no hay esos rencores políticos. Si los hubiese, hace tiempo que se habría roto la paz social.

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Triste política de confrontación