El bablista candoroso (Luis Ordóñez)


«Ni está ni se le espera (un apocalipsis soberanista en el Principado)», escribió el periodista Luis Ordóñez (L.O. en adelante) en su última columna de opinión en este diario, titulada El bablet. En seis palabras, L.O. hace dos aseveraciones, una en presente y otra en futuro. Mientras la primera habría que someterla a la indagación, discerniendo las intenciones, los intereses, las emociones y la muy particular y corrosiva quimera de la ascendencia de clanes de semidioses, por la segunda se caería en el regazo de la adivinación, pues quien tiene el descoco de afirmar, de manera apodíctica, que «ni se le espera», saltando en ese mismo acto de aquel regazo asfixiante y des-cubridor, o es un insano, o es un páparo, o es un candoroso.

Por lo que he leído de L.O. en los últimos meses, tal vez más de un año, me decanto por lo último. No me he topado con indicio alguno de podredumbre y sí con huellas de inquietud conocedora, aunque no me es posible certificar un saber antropológico, cuando menos mediano. Sin embargo, en el maremágnum de materias y materiales escupidos por la evolución, como las lenguas, y qué significan y qué pueden llegar a significar en el sentido inexcusable de dadoras de otra de las materias y materiales que evacuó la Antropología, la identidad, L.O. parece inclinarse por el idealismo de corte idílico.

Pero que L.O. no haya descubierto sus cartas, o sea, que no haya exhibido unos conocimientos, llamémosles, para no entrar en complejidades que distraigan, humanísticos, no presupone un reverso en el que esté acuñada la expresión «aurea mediocritas». Es por todo ello por lo que me inclino a sospechar que este periodista rezuma candor. Las pruebas están en el propio artículo, tan numerosas que no voy a reproducirlas, pudiendo el lector atraído consultar el artículo que estoy sajando.

No por otra parte, más bien en el centro de la diana, hallamos la singularidad académica de las categorías. Nombrar «asturiano» al bable es elevar esta lengua de una categoría inferior («bable») a otra superior. Y este nombrar no es un nombrar por nombrar, es un nombrar asechoso. La mira se pone en el populus. Un pueblo, un idioma, una cultura y un destino común son una constante que se repite desde hace unos 13.000 años, quizá más. Y su vigencia, en la ya muy vieja Europa, sanciona el espíritu de una plaga (de animales) que se ha dado a sí misma el adjetivo de humana y sabia.

Con «asturiano» se emponzoñan los hechos históricos para procurar el resultado deseado. Asturias no nació así, enclaustrada entre una cordillera y un mar, y entre dos ríos, lo que ofrece un mejor manejo. En este claustro, una bandera desplegada aparece espléndida, y un himno hace saltar las lágrimas: el Asturias, Patria Querida. Patria, eso es. Siempre la Patria. Nosotros y los otros. Pero ¿quiénes fueron los astures identificados por griegos y romanos? ¿Cuántos linajes se entretejían? ¿Cómo arrogarnos el certificado de Denominación de Origen?

Veamos lo que cuentan la epigrafía, la lingüística y las fuentes literarias clásicas (los geógrafos griegos Estrabón y Ptolomeo, el historiador griego Polibio, el naturalista romano Plinio el Viejo y el más grade de los historiadores romanos, Tácito, al que me atrevo a llamar el Tucídides de Roma, así como Dión Casio, Orosio y Floro). Veamos los jirones que se hacen a la Historia a propósito de la etnicidad.

Tener antepasados celtas (indoeuropeo) es muy prestigioso en Asturias. Da pedigrí. No obstante, su violencia contra otros pueblos era sanguinolenta. Y entre ellos mismos: en el tardío siglo I a.C., cuenta Polibio que el procónsul P. Craso montó en cólera cuando, con motivo de un tratado de paz firmado entre oppida célticas en Bletisama (Ledesma, Salamanca), sacrificaron a un hombre junto a su caballo, y prohibió estas prácticas en todo el territorio bajo su mando. Y hete aquí que esos celtas astures, que se distribuyeron irregularmente por la Patria Querida, sometieron a gentes que habían venido mucho antes, en el II milenio a.C. Es de suponer que liquidaron a un buen número de ellos y que a otros los integraron: mezcolanza genética.

Todavía peor. ¿Quiénes eran estas gentes de hace más de 4.000 años? ¿De dónde vinieron? Complejas y debatidas son las hipótesis, salvo reconocer que entre hace 30.000 y 20.000 años aparecieron los primeros grupos de Homo sapiens, de clanes diferentes, pero todos ellos emparentados, todos ellos descendientes de la migración africana de hace 74.000 años y que, desde lo que hoy es el sur de la península Arábiga, se dividieron y siguieron caminos varios, algunos en dirección a Europa.

Retomemos a los celtas, tan arios ellos como los germanos. Entre los siglos VI y V a.C., una parte no menor de la Hispania celta, incluida Asturias, fue progresivamente contaminada por los celtíberos, a su vez influidos por la cultura europea conocida como Campos de Urnas. Aun sin añadir los apareamientos entre populi diferenciadas en los dos mil y pico años que llevamos de nuestra era, el revoltijo genético que presentan los astures de finales de la Edad del Hierro es asombroso, y ello despreciando el 2%, o el 4%, que llevamos de los brutos neandertales.

Ahora volvemos a los míticos astures. El nombre propio Asturias, como ustedes conocen sobradamente, no nace de nuestra Asturias. Nace del pueblo de los astures que vivía en las cercanías del río Astura, al que hoy conocemos como Esla, en la provincia de León. A veces se encuentra en las fuentes clásicas la forma Astyria, que es una transcripción del griego, pues desde Asia Menor hasta la península Ibérica se registraron muchas Asturias. Es decir, no somos puros ni en algo tan elemental, y emocional, como el nombre propio.

Pero no es solo que los romanos dijeran que el territorio astur comprendía las tierras que hay entre el río Duero y el mar Cantábrico; es que de los 22 populi que la historiografía romana integra bajo el genérico astures, algunos (las fuentes epigráficas no permiten sostener que todos) se sabían hermanos de sangre aunque estuviesen al norte (trasmontanos) o al sur (augustanos) de la cordillera Cantábrica.

Quien vea en los Picos de Europa una barrera colosal para darse esa hermandad de sangre, le remitimos al volumen de más de 900 páginas de Francisco Diego Santos El conventus Asturum y anotaciones al noroeste Hispano, KRK Ediciones, Oviedo, 2009. Diego Santos escribe: «Pero la cordillera no era divisoria étnica insalvable. La manifestación más característica de la comunidad étnica entre ambas vertientes podría buscarse en la comunidad lingüística. Existen fenómenos dialectales comunes». Este no es el lugar para entrar en detalles, pero la existencia de variables en prefijos y sufijos están estudiadas; tenemos asimismo el bable-leonés, etcétera.

Al igual que los vadinienses (cántabros) de la orilla oriental del Sella, de Cangas de Onís y de Riaño se consideraban de la misma estirpe que los vadinienses de tierras leonesas, también de la misma estirpe se sabían los lugones, los pésicos y los salaenos (astures) de una y otra laderas de la larga cordillera (Diego Santos, que cita a Ptolomeo, Mela, Plinio, el mapa de Agripa, Estrabón, Marcial, Silio, Floro,, Juvenal, Petronio, García y Bellido, Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz, Hübner, Menéndez García, Wattenberg, Rodríguez Castellano, Catalán y José Manuel González).

No obstante, lo más interesante del asunto es que Asturias, en su proceso histórico conquistador, se anexionó los territorios de los albiones y cibarcos (galaicos, asentados en la margen occidental del río Navia) y a los ya citados vadinienses (cántabros), además de áreas de Zamora, Lugo y Portugal. Y, tras los primeros encontronazos con los musulmanes, Asturias mudó en Imperio: de Galicia al País Vasco, del mar Cantábrico al río Duero.

En muy pocas palabras, y para concluir (sin entrar en la futilidad del bable, en su coste administrativo y educativo y en la nueva casta social que procurará): ningún razonamiento es rival ante una pendencia del grosor de la identidad. Y, pese a que la mocedad y albura de L.O., y su alucinatorio diagnóstico de un futuro feliz de bondad y concordia, son anegados por el pasado, no ya de este (super) pueblo, sino también de otros (super) pueblos, ahora, hoy, al sur y al norte de los Pirineos, tal anegación es ocultada, porque de lo que, en verdad, va la cosa es de eso, de la mayúscula Identidad.

(«Sancho, cosas veredes», Don Quijote).

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