Llegar tarde


Una vez vi a Jorge Ilegal por la calle, en Oviedo. Como soy tímido me invadió la ansiedad y no fui capaz de pedirle que nos hiciéramos una foto o me firmara un autógrafo. El músico pasó de largo y yo seguí mi camino hasta el centro comercial Salesas. Al llegar me invadió la ansiedad otra vez y volví sobre mis pasos, pero ya era demasiado tarde y no volví a ver su reluciente calva. Siempre he tenido la sensación de llegar tarde.

Los pobres llegan tarde a todas partes. Al progreso, a la recuperación económica, a casa después del trabajo. Creo que al único lugar donde hace años no llegaba tarde era al bar donde languidecía en mi tiempo libre. Allí llegaba temprano, pero luego llegaba tarde a casa y no solía recordar cómo se había obrado ese milagro, el de llegar a casa, se entiende.  He llegado tarde a todas partes, porque al ser pobre y sin vida académica, todo está bastante más lejos, incluso inalcanzable. Estás lejos de cualquier aspiración más o menos brillante que te propongas y tienes pocas garantías de alcanzar la meta. Por eso perdimos en la crisis y no nos hemos recuperado desde que empezaron a construir nuestro ataúd allá por 2008. Si además, como es el caso, has pasado por una época prolongada de adicción, cuando llegas ya se han ido todos y no hay mucho que hacer.

Aquel día en Oviedo, a pesar de llegar tarde, no me sentí mal. Oviedo es la primera ciudad que visité cuando decidí dejar el alcohol. Pasé allí prácticamente todos mis periodos vacacionales durante varios años. Allí siempre tuve la sensación de que importa poco llegar tarde, o más bien que importa menos esa sensación. Es una ciudad viva y al mismo tiempo tranquila, y eso para alguien de Madrid acostumbrado a la histeria de los viajes en metro por las mañanas es como si te masajearan el cerebro. Llevo tres años sin vacaciones que me permitan viajar, pero todavía pienso que quizá no llegue tarde a un aumento de sueldo y pueda pasar allí todos y cada uno de mis días libres y leer en un banco del Campo de San Francisco hasta que una lluvia fina me haga cerrar el libro y buscar un lugar donde tomar un café. En ese parque vi un concierto de jazz, un guitarrista correcto y una cantante adorable, mientras algunas gotas de lluvia huérfanas de tormenta me iban calando. Todo esto lo hacía solo y en paz conmigo mismo. Tal vez por eso el recuerdo de la ciudad es tan intenso en mí a pesar de llevar tres años sin subir.

No sé si a otros madrileños lo ven así, pero el cielo allí es distinto. Aunque esté casi siempre nublado, el cielo de Oviedo parece recogerte de alguna manera que no soy capaz de describir. Es un cielo que me ayudaba a pensar. Podía pasar seis o siete horas seguidas dando vueltas por la ciudad, lloviera o no, caminando torpemente sobre suelo húmedo por el casco viejo con las zapatillas resbalando peligrosamente, pasando algo de fresco en pleno septiembre. Por la noche, en el hostal, escribía sin parar en un cuaderno, libre y con la cabeza vacía del exceso de luz y ruido que me asolaban más al sur de la península. A veces, simplemente me sentaba en una terraza y tomaba un café tras otro pensando en las musarañas o mirando un viejo edificio, y a según qué horas me sorprendía el silencio apenas roto de vez en cuando.

Quizá pueda volver pronto. El recuerdo de mis pasos por la ciudad alivia los momentos más duros aquí abajo. Al pensarlo, sí, me entra cierta ansiedad, como si la peor idea que hubiera tenido en toda mi abrupta existencia fuera no haberme quedado allí para siempre. Quizá pueda ver a Jorge Ilegal otra vez, quién sabe. Allí nunca me invadió la impotencia que siento a veces al saber que lo que escribo no tendrá eco ni el silencio de quienes te conocen al respecto. Mi ex decía que me gusta Oviedo porque hace juego con mi carácter taciturno. No sé si tendría razón, pero cuando pienso en ella, en la ciudad, no en mi ex, hasta se me pone un nudo en la garganta al darme cuenta de que es muy posible que por primera vez en muchos años encontrara allí un freno y una tranquilidad muy necesarias. Aunque en esta vida sin reconocimientos ni grandes cumbres, de barrio marginal y veranos cocidos en hormigón y cerveza, siempre llegué tarde, en Oviedo sentí por primera vez en muchos años que no importa tanto llegar tarde como llegar a un lugar al que realmente quieres. Porque es eso, es querer un lugar que se ha convertido en parte de ti, clavado por dentro y nublado sobre tu cabeza.  Allí solo era un tío sin pasado con aspecto de derrota buscando un rincón y solo las obligaciones me hicieron volver. Además, el café es mucho mejor que en Madrid. No creo que se le pueda pedir más a una ciudad.

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