Rajoy, pendiente del calendario judicial


Que el Partido Popular lo está pasando mal no es ningún secreto. Quizá sea el peor momento desde que Mariano Rajoy llegó al poder y sus dirigentes apenas lo pueden disimular. Lo está pasando mal como partido, porque como Gobierno vivió días más dramáticos en el año 2012, cuando la economía no le permitía cumplir con sus promesas electorales, la prima de riesgo disparada por encima de los 700 puntos básicos ahogaba, el paro era insoportable, los desahucios resultaban escandalosos y estábamos al borde de la intervención. Aquello se superó, pero hoy, con todos los indicadores económicos en positivo y alto nivel de confianza empresarial, el partido se encuentra con serias dificultades para suscitar la otra confianza, que es la de los ciudadanos. Las encuestas están ahí. Pueden cambiar, seguro que van a cambiar, pero hoy son una amargura casi diaria.

Para explicar que el éxito económico no tenga impacto en el voto solo hay dos claves. La primera, que la gente ha llegado a la conclusión de que no es fruto del trabajo del Gobierno, sino de factores externos como el precio del petróleo, la coyuntura internacional o los manguerazos del Banco Central Europeo. La segunda, la desigualdad salarial, que hizo triunfar las tesis de que los ricos han sido los beneficiados por la recuperación y de que tener trabajo ya no es sinónimo de abandono de la pobreza. Esas fueron batallas de imagen que el equipo gobernante se dejó ganar por la prensa más crítica y por la oposición. Y también, y sobre todo, porque han sido y siguen siendo una realidad.

A esa derrota se añade ahora la crónica de la corrupción. No es un asunto nuevo, como es público y notorio. Pero también hizo mella el discurso de Podemos que califica al PP como el partido más corrupto de Europa: hace unos días lo hacía suyo uno de los periódicos más influyentes de España. Y miren: se está juzgando a todos los de la Gürtel valenciana; van muy avanzadas las restantes instrucciones; se han redactado leyes nuevas y se han endurecido las existentes. Sin embargo, los estados de opinión dicen que no se hizo lo suficiente o que sigue habiendo tolerancia con quienes han metido mano en la caja. Como consecuencia, existe pánico a la posibilidad de que la corrupción se pague en las urnas.

¿Podrá el PP estatal superar ese déficit de imagen? Me atrevo a sugerir una tesis: Mariano Rajoy espera que todos los casos estén sentenciados antes de las elecciones municipales y al menos un año antes de las generales. Aspira a llegar a la cita con las urnas con la casa aseada. Si es así y no surge un sobresalto tipo Granados por medio, podrá repetir que la corrupción fue cosa del pasado y podrá llegar a los mítines con este discurso: «¿Dónde están los corruptos? ¡Todos en la cárcel!» No es más que una tesis personal.

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