Un ídolo del nihilismo


Supongo que es normal que el carácter de un líder se contagie al partido y, si lleva gobernando mucho tiempo, a la sociedad del país entero. En la época de Aznar el PP en su conjunto era un grupo bronco, con tendencia a la chulería y querencia por la macarrada que llegó a su máxima expresión cuando a tres días de unas elecciones generales se marcaron la machada de negar la evidencia sobre la autoría de un salvaje atentado terrorista. Sin complejos, y si no cuela os tomáis dos tazas de conspiración. 

Con Rajoy es otra cosa, claro. La quietud y la pachorra son el espíritu del momento. Bajo su liderazgo ha sido posible que su secretaria general afirmara y negara a la vez la existencia de un contrato «en diferido» para un tesorero imputado, su portavoz parlamentario ha podido responder que es afiliado en Almería para escaquearse de valorar casos de corrupción en agrupaciones territoriales que no sean de Almería, una vez un diputado autonómico extremeño justificó su presencia en un acto de homenaje al franquismo porque había ido «a título personal»; y, sin llegar a ser militante, es cierto, cuento en esta idiosincrasia singular de morro y caradura colosal la reacción del empresario Arturo Fernández cuando le pillaron con los saldos de las tarjetas black de Caja Madrid y dijo que estaba indignado consigo mismo. 

Durante mucho tiempo pensé que al contrario que Aznar, que ejemplificó la evolución del falangismo ibérico al atlantismo neocon, Rajoy era representante del viejo conservadurismo decimonónico de casino de provincias, esto siempre fue así y virgencita que me quede como estoy. Pero pasados todos los plasmas termino por pensar que no, que es un nihilista extremo, de hecho casi un desafío de carne y hueso a la ley inapelable de la entropía en el universo.

Creí que el mayor hito del descaro y el desprecio por las instituciones sería su negativa a presentarse a la investidura después de las elecciones de diciembre de 2015. Fue algo inédito que dejó flipado a Felipe VI, y tiene mérito dejar flipado a un Borbón, cuando llegó a su despacho y dijo que no, que no se presentaba, que corriera el turno y probara a comerse el marrón el siguiente. El despropósito que siguió, con la negativa de Podemos si quiera a abstenerse en el intento de Pedro Sánchez, eclipsó el episodio, pero es más que reseñable. 

Hasta ahora, quizá. Porque puede batir todos los récords imaginables si finalmente ni siquiera presenta un proyecto de presupuestos generales del Estado para pasar a la prórroga directamente. Es un mandato constitucional (vamos a repetir esto, constitucional) que el Gobierno presente sus presupuestos, luego el parlamento se los puede aprobar o no, incluso puede retirarlos, pero oiga, por lo menos haga el esfuerzo de ponernos unas sumas y un balance en el papel. A la vez que esto sucede, sin proyecto presupuestos, estamos con las entregas a cuenta para las comunidades autónomas congeladas (116 millones para Asturias que están ahí en el éter porque le da la gana al ministro de Hacienda) en un ejercicio inédito de deslealtad institucional porque se está haciendo depender la financiación de las comunidades (en la que van cosas menores como la educación o la sanidad) de un acuerdo político en otro nivel de la administración en el que no tienen arte ni parte.

Van ahí dos claves, deslealtad institucional y desprecio a las obligaciones constitucionales. Yo diría que venimos de un periodo reciente en que el se han esgrimido estos dos argumentos como pilares de la llamada al resto de partidos para aprobar la acción del Gobierno frente al conflicto soberanista catalán. Pero de nuevo, apenas dos meses después, este ídolo del nihilismo nos demuestra que ambas cosas le importan un pimiento y sólo le parecen valiosas si les puede sacar un provecho momentáneo.

Hay quien alaba ese no hacer ni dejar pasar, esa absoluta nada como el colmo del ingenio y la estrategia. Yo diría que sólo funciona y durante tanto tiempo porque la oposición que tiene enfrente es más deleznable todavía, una selección de incapacidad que no es quien a sumar para el menor esfuerzo común contra un gobierno en minoría. Pero precisamente en ese vacío de acción, ese cero absoluto, está en buena medida el origen de muchos de nuestros problemas, y el catalán también entre ellos.

Valora este artículo

7 votos
Comentarios

Un ídolo del nihilismo