Sánchez, el hombre de las mil caras

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En España ha habido políticos de toda ideología que, con el paso del tiempo, cambiaron radicalmente de criterio. Y hubo incluso quien, más que mudar de opinión, se cayó del caballo y acabó en las antípodas de sus primeros pasos en la cosa pública. Ahí está, sin ir más lejos, Adolfo Suárez, que pasó de vestir la camisa azul y ser secretario general del Movimiento, a convertirse en paladín de las libertades democráticas en España. O Felipe González, que tras militar en el marxismo acabó diciendo que «antes que marxista hay que ser socialista». Y que del «OTAN, de entrada no», pasó a reclamar el sí al ingreso de España en la Alianza Atlántica.

Lo que no habíamos tenido nunca en cuarenta años de democracia es un dirigente político con un discurso tan errático en todas y cada una de las cuestiones que afectan a España, que ni sus votantes ni los militantes de su propio partido supieran a qué atenerse en nada. Pero en el 2014, Pedro Sánchez irrumpió en la política española. Llegó como la alternativa moderada y liberal al izquierdoso Madina. Así ganó las primarias, y poco después compareció ante una enorme bandera nacional. Podemos era entonces para Sánchez populismo puro y Ciudadanos, la derecha. Pero poco después, sin embargo, se empeñó en ser presidente del Gobierno con los votos, precisamente, de Podemos y Ciudadanos, que ya eran ganas de enredar. Tras romper con Iglesias, pactó su investidura con Ciudadanos, que ya no era derecha, sino progresismo. Pero fracasó y fue defenestrado por los suyos.

Y entonces, Sánchez giró de nuevo. Pidió perdón a Podemos por haberlo tachado de populista y hasta se abrió a pactar con los independentistas. Del banderón de España no se supo más. Pasamos a la nación de naciones. Aquel joven político liberal era ya el más rojo del corral. Ciudadanos era otra vez ultraderecha. Volvió redivivo a liderar el PSOE con un discurso radical y populista. Pero, tras ver como su partido hacía presidente a Rajoy, Sánchez se reinventó otra vez. De pronto, jugaba a ser un hombre de Estado. Después de que los socialistas juraran que no apoyarían jamás la aplicación del artículo 155 en Cataluña, acabó respaldando esa medida con ardor. Sánchez proponía a Rajoy, el del no es no, grandes pactos de Estado. Parecía haber comprendido cuál ha sido y es el papel del PSOE en la historia de España.

Pero si alguien, dentro o fuera de su partido, albergaba esperanzas de ello, debe abandonarlas. La peonza gira de nuevo y Sánchez regresa al populismo más rancio. Su decisión de boicotear la candidatura de un español a la vicepresidencia del Banco Central Europeo, que cuenta incluso con el respaldo de la mayoría de gobiernos socialistas de la UE, es una vileza y una deslealtad hacia España de la que el PSOE tardará mucho en recuperarse, consiga o no De Guindos su objetivo. Sánchez está ya más que inhabilitado para ser presidente del Gobierno. Pero debería comprender que su partido, y sobre todo España, están por encima de su oportunista ambición política.

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