No habrá dignidad sin igualdad


A casi tres semanas del día de la mujer, ya son cinco las mujeres asesinadas por violencia de género este año. En 2017 morían un poco más de ocho mujeres por mes lo que significa casi una muerte cada cuatro días. Si a esto le añadimos que una mujer es violada cada ocho horas, lo menos que se puede decir es que nuestra sociedad es un infierno para las mujeres. El escándalo Weistein, ese productor estadounidense imponiendo el derecho de pernada a las actrices Hollywoodienses, demuestra, si era necesario, que ningún ámbito de la sociedad está a salvo de esa lacra ni, desgraciadamente, a punto de acabar, por mucho que los círculos burgueses se hayan horrorizado con este caso.

La aparición de los movimientos #MeToo y #BalanceTonPorc, permitieron a miles de mujeres -principalmente periodistas, escritoras y cuadros, componentes de la flor y nata de la sociedad- atestiguar que para estos asquerosos y vejatorios comportamientos no existen ni fronteras geográficas ni sociales. Ningún ámbito está a salvo porque no se trata de educación y cultura, se trata de prejuicios y poder.

Que actrices conocidas en el mundo entero, diputadas y periodistas famosas expliquen que no se han atrevido denunciar a sus agresores por miedo de perder su empleo y ver sus carreras comprometidas, lo dice todo sobre la fuerza de dicho poder y de su dinero en la sociedad.

Es ese poder quien estructura la sociedad, quien posee los medios de producción y quien impone lo que asalariadas y asalariados deben ganar. Es ese poder quien estipula qué salario debe ganar una mujer y quien estipula que ese salario no puede igualar al de un hombre.

La espesa capa mugrienta y misógina que reboza la sociedad es tal que supura por todas las partes. No es difícil imaginar que ocurre cuando esas mujeres son obreras o empleadas no teniendo entre sus relaciones a periodistas, policías o jueces. Mientras, el gobierno sigue vendiéndonos que están tomando medidas para poner un término a la desigualdad entre hombres y mujeres -particularmente en las empresas- para reducir la desigualdad y la brecha salarial.

Lo peor para las mujeres que se oponen luchando a sus acosadores es ser el blanco de los prejuicios machistas de sus compañeros de trabajo. Tendrían que poder contar con ellos para conquistar su dignidad, como los trabajadores deberían contar con sus compañeras de trabajo para luchar contra la explotación.

Cuando la burguesía reservaba toda participación política a los únicos varones, las mujeres lucharon individual o colectivamente por el derecho a estudiar, a trabajar, a votar y el derecho de abortar. Si esas luchas han contribuido al cambio de mentalidad, desgraciadamente no han sido suficientes para erradicar las costumbres sexistas y los prejuicios seculares porque estos son, principalmente, el fruto de las relaciones de explotación, cimiento de la organización capitalista. Poner fin a la situación actual de las mujeres, pasa por poner fin a la explotación y recíprocamente

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