Bolkovac


Cuando vio el uniforme azul, se sintió a salvo. Pensó que venían a rescatarlas. Lo cuenta con los ojos preñados de oscuridad porque ya no le quedan lágrimas. Con la voz suave, en un cuarto a media luz, la mira directamente a la cara. Levanta un poco la voz. Muy poco, un casi nada. Y recuerda como ese hombre, el uniforme azul, el que pensaba que iba a salvarla, se subió en la parte delantera de la furgoneta. En la que iban muertas de miedo, hacinadas. Y empezó a conducirla. Hacia el club. Hacia la cueva de los horrores donde iban a explotarlas. Calla, porque ya no siente nada. Las emociones se las fueron arrancando en sucesivas noches de abusos. Las que ellos llamaban farras.

Cambia el plano. Y a ella, que todavía le quedan algunas lágrimas, se le asoma el dolor a las pestañas. Y el uniforme azul parece que la oprime. Que le produce llagas. Y la vergüenza. De llevar la misma ropa que el verdugo que las llevó hacia aquella trampa. De que ese uniforme sea el símbolo de la violencia. Del tráfico. De la podredumbre humana. Y se lleva las pruebas. Lo denuncia en los medios. Y el escándalo. Y al final, nada. Rachel Weisz es Kathryn Bolkovac en pantalla. La mujer que se atrevió a denunciar que en Bosnia, había fuerzas de paz que hacían a las mujeres esclavas. La verdad oculta, le llaman. La misma desenterrada en Haití. Que la humanidad, a veces, no es una condición humana.

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