En búsqueda de la identidad nacional perdida


A nadie se le escapa que el conflicto de Cataluña ha provocado un resurgir del nacionalismo español, favorecido en su manifestación pública por las secuelas de los éxitos de la selección de fútbol y las buenas relaciones comerciales con China. No se trata tanto de que el balompié tenga efectos profundos y duraderos sobre el sentimiento nacional, a pesar de los momentos de euforia, como de que dejó en hogares y vehículos banderas disponibles, a lo que contribuyeron eficazmente los avispados comerciantes asiáticos, sin duda también buenos proveedores de esteladas. En la época de mi infancia y adolescencia era muy habitual que en las casas hubiese una bandera española, que se sacaba al balcón en Semana Santa, en el Corpus y, en el caso de los más patriotas, esos días no había procesiones, en las fiestas nacionales o del régimen. Todavía hoy es frecuente verlas en la España más profunda y envejecida, pero se habían convertido en raras en la urbana y periférica, más joven y laica. La selección volvió a llevarlas a los hogares y el nacionalismo catalán les dio nueva utilidad.

Mariano Rajoy, quizá influido por su primo concejal del ayuntamiento de León, que habrá compartido con él el entusiasmo municipal por el milagroso hallazgo del Grial, parece haberse transmutado en Indiana Jones, esta vez en busca de la identidad nacional perdida. También habrá contribuido el irresistible ascenso en las encuestas de Ciudadanos, que le obliga a demostrar que en eso no lo supera la formación naranja. Como era de esperar en conservador tan paradigmático, una de sus propuestas para recuperarla consiste en resucitar la vieja Formación del Espíritu Nacional. Según ha trascendido, una de las lecciones prácticas de la nueva vieja asignatura consistirá en la explicación de cómo se debe colocar adecuadamente la enseña nacional en los balcones, algo francamente útil. Más conflictivo podría resultar el objetivo de ensalzar los valores de la monarquía, por algo parecido pasó a la historia el ministro Orovio. Una cosa es explicar la Constitución y las virtudes de la democracia y otra meterse en camisa de once varas.

No contento con formar a los estudiantes en los valores patrios, el gobierno del PP se ha mostrado decidido a buscar todas las señas identitarias posibles para fortalecerlas y difundirlas. Aunque no desiste del todo en vincular la religión con las esencias nacionales, parece que ha comprendido que el nacionalcatolicismo resulta poco atractivo en la España del siglo XXI. Además, el clero es poco de fiar. Es verdad que cuenta con algunos obispos entusiastas, como Cañizares, pero es en Cataluña y Euskadi donde la mayoría de los eclesiásticos parece dispuesta a fomentar los valores nacionales, lo malo que de naciones diferentes. Por eso explora nuevas vías.

Ya en noviembre de 2013 entró en vigor la ley que definía a la Tauromaquia, con mayúsculas, como «signo de identidad colectiva» y configuradora de la «identidad nacional propia». Además, obligaba al gobierno a tramitar su inclusión en el patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, objetivo que no sé si se ha conseguido, o intentado siquiera. Ahora se ha encontrado una nueva seña de identidad menos sangrienta y conflictiva: ¡las tapas! Sí, las de los bares. Según informaba este sábado la agencia EFE, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha iniciado el trámite para que la «tradición cultural de las Tapas en España» sea declarada como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, ya que es «uno de los elementos más representativos de la identidad cultural» española.

Respeto las mayúsculas gubernamentales que aparecían en la noticia. Como la Tauromaquia, las Tapas la merecen, aunque yo prefiera ser más fiel a las normas de la RAE que a las del gobierno y me permita la licencia de, como hago con monarquía y obispo, por ejemplo, ponerlas habitualmente con minúscula. Espero que no sea ese motivo suficiente para que se me denuncie ante los tribunales como autor de un delito de lesa patria.

Debo confesar que no me he documentado suficientemente para escribir este artículo. Son tantas y tan variadas las cosas --materiales, inmateriales y efímeramente materiales-- que España se propone o ha conseguido convertir en patrimonio de la humanidad que no sé exactamente cuántas y cuáles son. No sería capaz ahora de afirmar si el botillo, la fabada, el escanciado de la sidra, la Escalerona, el juego de la rana, el gazpacho, la morcilla de Burgos, el baile andaluz, la danza prima, los castellets, carnavales varios o alguna Semana Santa han entrado en esa categoría o están en trámite, por poner algunos ejemplos. Tampoco podría asegurar si todas poseen la condición de señas de identidad nacional. Ruego que se me disculpe la ignorancia, solo soy comentarista aficionado de la actualidad y mi trabajo habitual no me permite realizar tan concienzuda investigación, pero creo que no me equivoco si afirmo que la facundia española acabará convirtiendo a la lista del patrimonio de la humanidad en algo tan banal como el libro Guinness de los records.

De todas formas, el objetivo de mi comentario de hoy eran las señas de identidad nacional y el renacer del nacionalismo español, no nuestra innegable capacidad por banalizarlo todo, quizá, ese sí, un verdadero rasgo de españolidad. El domingo se dio un paso más en su recuperación: la cantante Marta Sánchez, acogida con entusiasmo por Rajoy y Rivera, aunque rivales, caballeros paladines de la causa, ha difundido una nueva letra para la marcha real, convertida en himno nacional porque no había otro, más que por méritos propios. Difícil empeño, en el que fracasaron Primo de Rivera y Franco, a pesar de los versos de Pemán, o quizás gracias a ellos.

Las naciones son fruto de la historia y quizá no sea lo peor que nos legó la nuestra el escaso arraigo de sus símbolos. Es verdad que eso no nos libró de momentos, de no buen recuerdo, de exaltación patriótica, pero entre lo poco bueno que dejó la larga dictadura del general ferrolano estaba el hartazgo colectivo de religión y de patria. Gracias a ello se arrinconó el nacionalcatolicismo y España se salvó de la democracia cristiana cuando recuperó la libertad, aunque el PP posea muchos de sus peores defectos. Más complejas fueron las consecuencias de la hartura de nacionalismo español, que, junto al sano cosmopolitismo, alimentó otros alternativos, incluso en lugares insospechados, aunque el éxito de los que podríamos considerar exóticos haya sido más bien escaso.

Sigo pensando que combatir un nacionalismo con otro es más peligroso que efectivo, me parece preferible insistir en las bondades de la convivencia democrática, la libertad, la igualdad, que no es uniformidad, y la fraternidad, pero me temo que está más de moda la búsqueda del Grial. También es cierto que hay margen para el optimismo, una identidad nacional sustentada sobre tapas, cañas y vinos no puede ser demasiado peligrosa, más bien invita a la fraternidad.

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