La collona (Ana Gabriel)


Es vergonzoso, pero que Puigdemont y los cuatro fugitivos de Bruselas sean unos collones no debe ser sorpresivo. Son burgueses. Los burgueses no a menudo son consecuentes, no a menudo afrontan a cara de perro las consecuencias de sus actos. Sin embargo, que Ana Gabriel (CUP) sea una collona, que hoy no se presente en el Tribunal Supremo, sorprende, siempre y cuando que se eluda una reflexión simple.

En efecto, a poco que se repiense, las acciones están bien encuadradas en eso que se ha popularizado como Postmodernidad, una palabra que no deja rastrear sus miserias. Postmodernidad (Occidental) no es otra cosa que el «hombre nuevo», un hombre que ha dejado, que cree que ha dejado, de ser ‘natural». La Naturaleza es para él una molestia; más todavía, un estado de primitivismo inaceptable en el avance veloz hacia la condición de una síntesis de carne y cachivaches electrónicos, una suerte de micro móvil alojado en el cerebro, una suerte de superhombre sin Nietzsche, un vejestorio. Todo lo «humano» anterior a la histeria de la conexión global es eso, humano, desdeñoso, in-mundo, un pasado que se ha de borrar de nuestra historia.

Así pues, en este contexto propio del hemisferio norte, no ha de parecer insólito que una «revolucionaria’ como Ana Gabriel haya escogido otro ‘paraíso político» (Suiza) para poner tierra por medio entre ella y la celda. Aunque menos conocidos que los paraísos fiscales, los políticos no son menores. En los primeros se esconden los dineros robados; en los segundos, los cuerpos y las mentes traidores y abyectos.

Mis recuerdos me escupen a una Ana Gabriel con el puño levantado en el Parlamento. Su andar erguido para disimular su poca estatura y propagar su soberbia. Arropada por nueve diputados, aplaudida y vitoreada por cientos de anticapitalistas en las calles, vivía el sueño de la heroína. Pero bastaron unas semanas para que la CUP perdiera seis representantes del pueblo (un único «pueblo») y para que ella desapareciese. El tiempo de las consecuencias había llegado; el tiempo de los sacrificios (la izquierda con Franco: torturas, cárcel, vejaciones) había desaparecido. Estaba en Suiza con un abogado carísimo especializado en extradiciones, siguiendo la senda abierta por los «cinco de Bélgica».

No duden que los suyos justificarán a la collona en público: el Supremo es «un tribunal represor»; en privado, no todos. Es la misma historia del PDeCAT-JxC y ERC. Rebelión y revolución antes; «señoría, era todo (la independencia) una broma» y pánico ahora. Este es el nuevo hombre, y la nueva mujer, de la Postmodernidad.

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