Pelillos a la mar


No. No es machista reflexionar sobre el cambio de look de Anna Gabriel. Si un señor cupero con galones que habitualmente luce rastas, aros en la nariz, camiseta con mensaje y vaqueros gastados se planta un buen día en Suiza liberado de todo tipo de pendientes, repeinado como un niño bien y vestido con un polo y unos chinos beige, los detalles estilísticos tampoco se habrían pasado por alto. Seguramente el hecho de que Gabriel sea una mujer contribuya a alimentar la podredumbre de ciertos comentarios. Nunca faltan los que añaden al caldo la rancia misoginia. También le ocurre con frecuencia a Inés Arrimadas. Pero una cosa es recurrir al insulto neandertal y otra cerrar los ojos ante la falta de coherencia en la forma y el fondo, usando como venda para tapar los ojos supuestas sensibilidades. La incoherencia no es patrimonio masculino ni femenino. ¿Cuál es el disfraz de Gabriel? ¿El de política antisistema que llama a las barricadas o el de potencial intérprete de Un pueblo es que internacionaliza lo que haga falta al pie de las montañas? Porque es de suponer que alguno de los personajes es impostado. A no ser que la independentista haya visto la luz alpina.

Sí, se puede criticar el momento camaleónico de Gabriel sin padecer de misoginia. Y, sí, se puede comulgar con Gabriel e indignarse con los asuntos de Urdangarin. Esto no es un Barça-Madrid que se juega en campo helvético. Curiosamente, ambos intentan venderse como víctimas del sistema. Ninguno está contento con su injusta situación. Pero no están solos. Ojalá otros que se fueron a Suiza disfrutaran de las muletas en las que las que se apoyan estos. Martirios, los justos. Ante lo hecho, despecho. Y pelillos a la mar.

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