El día que nos quedamos sin Forges


Probablemente no hay un solo español que no haya lamentado la muerte de Antonio Fraguas de Pablo, Forges. Es que era algo más que un genio: era un hombre bueno. Era un humorista que consiguió conectar con la gente porque tenía sensibilidad social, creó personajes del pueblo, habló el lenguaje del pueblo y el pueblo incorporó a su lenguaje multitud de palabras que Forges inventó. Miles de oficinas de este país tienen colgada en la pared alguna de sus viñetas. Hay coleccionistas de sus dibujos. Y supo provocar sonrisas cada día, incluso los fines de semana en la radio, durante más de medio siglo. Los últimos diez años del franquismo y toda la España de la democracia pasaron por los cristales de sus gafas y tuvieron vida propia en sus creaciones.

Quizá sea el momento de rendir tributo a la generación más brillante de humoristas gráficos de la historia de España. Alguno, como Siro, tan próximo y auténtico retratista de la realidad gallega. Otros, en plena actividad, como Pinto & Chinto, Gallego y Rey, El Roto o el gran Peridis. Y en la memoria colectiva, otros muchos como Mingote, Chumy Chúmez, Gila, PGarcía, El Périch… Nombres gloriosos, nacidos en La Codorniz, en Hermano Lobo, en El jueves o en modestos periódicos locales. Una auténtica edad de oro del humor gráfico español. De un humor elegante, que supo estar por encima de las muchas vulgaridades, por no decir zafiedades de la época del destape. Será difícil que se vuelva a disfrutar de una generación comparable.

A todos ellos les debe este país algo de incalculable valor: haber puesto ironía donde la actualidad ponía acentos dramáticos. Fueron casi héroes en el franquismo. En la democracia humanizaron el poder, lo desmitificaron, le quitaron esa aureola de sacralización heredada de una dictadura y lo hicieron más próximo a la sociedad. Demostraron que se podía hacer caricatura del rey o de los gobernantes. Cuando había ruido de sables, ahí estaban ellos para poner distancia con los golpistas y para dejarlos en ridículo. Cuando llegaban las crisis económicas, fueron la conciencia crítica de los poderosos. Y sus lápices fueron cauces de las demandas sociales y azote de quienes no las querían atender.

Hago este reconocimiento cuando nos falta Forges, que era uno de los supervivientes y quizá el último líder del gremio. Sin su tamiz, sin su forma de ver la realidad, de relativizarla y de denunciar las injusticias, todo habría sido muy distinto. Posiblemente todavía más crispado. Probablemente menos civilizado. Y si hoy tuviera que elevar a la categoría de testamento de Forges una frase suya, sería esta: «la violencia es poca fe en las ideas propias y miedo a las ideas de los demás». Quede para la historia de este país.

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