La diana independentista, en la corona


No será este cronista quien le discuta a Ada Colau su antojo de plantar al rey de España o su necesidad de hacerlo porque su sillón de alcaldesa depende del apoyo de los independentistas. Si París bien vale una misa, la alcaldía de Barcelona bien vale el plantón a un rey. Tampoco le discute a Roger Torrent su sectarismo de no solo dar el plante, sino de negarse a saludar y a aplaudir un discurso de su jefe de Estado. Y tampoco discute que Puigdemont, sin representar a nadie y en nombre de su propio egocentrismo, diga que una fantasmagórica república daría la bienvenida al monarca si el monarca pide perdón por no sé qué. Todo el mundo tiene derecho a hacer el imbécil en la proporción que corresponde a su propia imbecilidad. Sale gratis: el Estado opresor español no tiene prevista sanción para la mala educación y la descortesía. Como decía a sus alumnos un catedrático que daba aprobado general, «ya les suspenderá la vida».

De momento esa profecía del profesor ya se está cumpliendo: la última encuesta del CEO, el organismo demoscópico de la Generalitat, demuestra que el independentismo está bajando en cotización popular y ya está trece puntos por debajo del deseo de mantener el actual estatus autonómico. Una oferta política que convierte una manifestación contra el terrorismo en un acto contra la corona o convierte el mayor acontecimiento tecnológico del mundo en un acto de soberbia ideológica y de falta de respeto institucional difícilmente puede suscitar la adhesión de la mayoría social. Y menos en Cataluña, donde el sentido común todavía existe, a pesar de las apariencias políticas.

De todas formas, los episodios vividos en torno a la feria Mobile sí han servido para algo. Han servido para desnudar políticamente a Ada Colau, cuya coherencia ideológica solo tiene algo que ver con la busca de rentabilidad electoral de sus gestos. Ha servido para mostrar la auténtica faz de Roger Torrent, cuyo «nuevo talante» fue uno de los grandes engaños políticos de los últimos tiempos. Ha servido para que todos conozcamos el orden de prioridades de los secesionistas: primero, la ruptura con España y después todo lo demás, aunque sea jugando con el futuro de algo tan valioso como el Mobile World Congress.

Y ha servido, tristemente, para poner en evidencia dónde el independentismo pone la diana: en la corona. Ha pasado la fase electoral de movilizar a sus votantes contra el PP, objetivo ya conseguido en las últimas elecciones y ahora está en la fase de declarar al rey como su enemigo. De ahí también que ya hablen de república más que de independencia. Cuidado con las palabras, que quienes defendemos la unidad de España también estamos cayendo en su trampa.

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