Ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas


En un reciente artículo publicado por La Vanguardia Dossier, el profesor de la Universidad de Georgetown, Theodore H. Moran, ilumina una de las consecuencias más perturbadoras que solemos asociar a la globalización: su impacto sobre el empleo en las sociedades desarrolladas, colaborando tanto en su destrucción como, en un sentido más profundo, en la disgregación de una estructura de relaciones laborales que nos hemos acostumbrado a ver como «natural». Los motivos de estos profundos cambios, como suele ser habitual, no se encuentran en desiertos remotos ni en montañas lejanas. El omnipresente cambio tecnológico, profundamente imbricado con la globalización, ha hecho más robustas nuestras economías. Pero, simultáneamente, el renovado empuje de éstas crea una peligrosa fuerza centrífuga que expulsa a los trabajadores peor adaptados.

Se trata de conclusiones con un indudable interés práctico. Nos dicen que los muros, físicos o mentales, van en la equivocación equivocada. Por el contrario, necesitamos un protagonismo público que asegure la adaptación laboral a este entorno cambiante, una defensa firme (incluso, la reformulación) de los derechos laborales y una resistencia numantina frente tentaciones corporativas de todo tipo. Un ámbito en el que la Unión Europea ha dado pasos importantes (Garantía Juvenil, Fondo de Adaptación a la Globalización, Pilar Europeo de Derechos Sociales) si bien carentes aún de una estrategia global. Por otra parte, los riesgos generan oportunidades. La adaptación asegura a los trabajadores mayores salarios al beneficiarse de la mayor productividad generada. Una manera de reactivar nuestro renqueante ascensor social y buscar complicidades con sectores conservadores, que podrían identificarse fácilmente con esta «cultura del esfuerzo adaptativo».

La resistencia a este cambio, humanamente comprensible, no deja de ser la crónica un inútil combate. La evolución tecnológica no se detendrá. Ni siquiera será constante. Avanzará aceleradamente espoleada por una Inteligencia Artificial que no solo aportará una multiplicada velocidad de computación sino otra manera de ver las cosas, una nueva sensibilidad, ya no humana. Creatividad. Tal vez, incluso, conciencia. Nos vendrá bien su ayuda para afrontar nuestros problemas. Si quieren vislumbrar el futuro próximo, no se pierdan el reto que en 2016 enfrentó al programa informático Alpha Go con el maestro coreano de Go, Lee Seedol. Les anticipo que el resultado es toda una lección de humildad. Y eso que Alpha Go está mucho más cerca del Golem de Praga que de un amenazante Prometeo.  

Esta acción política pertenece al campo de la izquierda. Conecta con su mejor tradición reivindicativa, de búsqueda de la igualdad social, respeto a la libertad individual, redistribución de la riqueza, defensa de los trabajadores, desarrollo equilibrado, atención a la educación. Un enfoque que nos situaría en una posición ideológica sólida para, a medio plazo, intentar que parte de los enormes recursos liberados por esta Revolución en marcha se aplicasen en la lucha contra la exclusión, el desarrollo de los países más desfavorecidos... Un proyecto ilusionante para una sociedad mejor. Espero que sea la apuesta de la izquierda. Y que no dejemos pasar este momento favorable. De hacerlo, tan solo nos queda afilar, de nuevo, el «¡Proletarios (excluidos) del mundo, uníos!».

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Ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas