Se está jugando la estabilidad


Cuando hay una guerra entre hermanos, uno de los hermanos muere o termina el combate con graves heridas. La guerra entre el Partido Popular y Ciudadanos es una guerra fratricida, al menos si se atiende a los términos de lo que fue su relación política hasta que las encuestas los enfrentaron. Albert Rivera fue el hermano pequeño que estuvo con el mayor en la investidura de Rajoy. Fue el apoyo necesario para contener a una oposición que quería derribar las reformas que el PP aprobó por mayoría absoluta en la legislatura anterior. Y prestó sus 32 escaños para que el gobierno no apareciese como un equipo con el que nadie se quiere asociar. Pero llegaron las elecciones catalanas y sus efectos en la opinión pública, el hermano mayor descubrió que el pequeño le estaba comiendo la herencia, el pequeño se creció y vio que era rentable distanciarse del primogénito y ahora andan a matar; sencillamente a matar. Es en estos casos cuando se descubre la crueldad de la política.

Por si hubiera pocos indicios con las acusaciones de corrupción y el uso del Parlamento para ensuciar al adversario, se acaba de producir el episodio bélico más relevante: Ciudadanos, que hacía bloque con el PP para impedir la derogación de la Ley de Seguridad Ciudadana (la llamada ley mordaza), ahora se alía con la oposición y deja esa ley lista para ser derogada. Se anuncia que puede hacer lo mismo con otras leyes que la oposición quiere tumbar. El cabreo que este cambio produjo en el partido gobernante lo resumió su portavoz, Rafael Hernando, en dos elocuentes palabras: «delirante y contradictorio». Si al PP le anulan leyes de cuya gestación se sentía orgulloso, la venganza será memorable.

Pero puede ocurrir algo peor: que el gobierno Rajoy se quede en tal soledad que solo pueda adoptar medidas y decisiones que no tengan que pasar por el Parlamento. Eso es lo que se está jugando en este momento. No se trata de señalar un culpable: Ciudadanos practica la estrategia de distanciarse del PP para adquirir personalidad propia y le funciona, y el PP responde a la pérdida de votos con la acusación un poco burda de unas cuentas poco menos que delictivas.

Hoy se puede decir que las relaciones PP-Ciudadanos son peores que las relaciones PP-PSOE. Si se rompe del todo la alianza entre Rivera y Rajoy, solo queda esta disyuntiva: o se formaliza un acuerdo de legislatura con el PSOE o será inevitable convocar elecciones. Y ya ven ustedes cómo está el panorama: ningún partido llega al 30 % de intención de voto. Entre todo lo ocurrido y ese panorama electoral de futuro, se está jugando la estabilidad gubernamental. Justo cuando más se necesita por los graves problemas a que se enfrenta el país.

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