La ruptura


Algunos parecen creer que ser de clase baja incluye algo más que una condición social y económica en general nefasta. En ese algo más se incluyen rasgos que sin duda alguna compartimos todos los de esa clase: una forma de ser y de pensar, de sentir y de soñar, un tipo de cultura al que ser asiduo, una inteligencia limitada para que haga juego con la virtud y conciencia del higienista de turno, y una capacidad ilimitada para la mediocridad merecedora de la luz embriagadora de los emancipadores.

Esta forma totalizadora de imbecilización de los pobres tiene corto recorrido electoral. Por lo general estas ideas son expuestas en saraos donde se dan la razón unos asistentes a otros y se juega a creer que se arregla algo. La ausencia de disidentes convierte esos eventos  en poco más que misas y sermones de obispo, o incluso algo mucho peor si es que eso es posible, pues en misa puede entrar cualquiera, hasta los que no tenemos estudios, y a los sesudos debates sobre el devenir de la izquierda solo entran algunos. Vamos, que este debate solo lo tienen los higienistas, y rara vez traspasa su entorno.

Los intentos de convertir a las clases populares en otra pata de eso que han dado en llamar políticas identitarias y meter a todo el que gane poco y viva regular en el mismo saco cultural en el que se esconden las identidades nacionales o así, son insensatos. Y como todas estas cosas, son imposturas intelectuales. Los pobres no son un todo homogéneo. Su pensamiento no lo es, por mucho que la vanguardia higienista se empeñe en intentar convencer a todo el mundo de que los pobres están alienados por los medios y el sistema, todos así juntitos, iguales en su mediocridad intercambiable, pues como es de público conocimiento, sin gurús, los humildes son incapaces de pensar por sí mismos y existe un peligro nada despreciable de que lleguen a odiar a los gurús, lo cual sería un drama sin duda, pues afectaría a ciertos bolsillos.

La clase obrera lo que quiere es trabajo bien pagado. Los horteras, carrillistas o no, preferimos aquello de «Pan, trabajo y techo» y el hermoso «Muerte al fascismo», pues como decía Christopher Hitchens, los lemas antiguos son siempre los mejores. Pero en lugar de presentarles qué soluciones al drama laboral endémico de España proponen las formaciones políticas de izquierdas, en lugar del pan, el trabajo y el techo, se organizan charlas autorreferenciales en las que se dan la razón los unos a los otros y en las que se intenta dilucidar qué es hoy ser de clase obrera, un misterio sin duda insondable: que si mira lo que escuchan los alienados, que si leen tal periódico, que si ya no hay bares de menú diario, que si el fútbol, que si votan mal, que si son machistas, que si el muy machista Jim Goad tenía razón, qué sé yo.

Uno se harta de tanta pose, de tanto debate inane. Pero lo que más harta, lo que más ira me provoca, y la ira es lo que me mantiene vivo, que diría Henry Rollins, es que a nadie, a ninguno de los consumidores de gintónics con hierbajo que debaten, se reúnen y escriben sobre el desapego de las clases populares hacia lo suyo, se les pasa ni por un segundo darle voz a aquellos de los que siempre hablan. Nunca. Jamás. Esto es tan viejo como la izquierda. Los delirios en forma de debate que pasaron delante de mí cuando era joven, debate de izquierdas, sea lo que sea eso, iban desde el evidente para los ungidos anarquismo de Cervantes en el Quijote (lo juro), hasta el machismo - quién lo iba a decir - de todo lo escrito en el Siglo de Oro. Estaba muy bien, pues así tu cerebro obrero no tenía que esforzarse por leer todo aquello, ya lo habían hecho otros por ti y por tu bien. Si eso no era altruismo y solidaridad socialista, yo ya no sé. Lo nuestro no es adentrarse en esas complejidades, no vaya a ser que las refutemos, y mucho menos tener voz. Lo nuestro es cargar palés, que por cierto es algo que probablemente esté haciendo mañana, cuando lean ustedes esta columna.

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