Robos y borrados, el mal fario del PP


La lucha contra la corrupción es intensa, como nos recuerdan periódicamente el gobierno de la Nación y el partido que lo sostiene. Es tan intensa, que en multitud de ocasiones se nos ha dicho que «ante la corrupción, tolerancia cero». Tan decidida, que se acordó, por ejemplo, no indultar a nadie que haya sido condenado por esos delitos. Incluso se endureció alguna ley. Lo que ocurre, leñe, es que el PP tiene mala suerte para depurar los escándalos conocidos. El PP sufre un inquietante infortunio. El PP es víctima de algún gafe que le impide demostrar que los casos descubiertos fueron un asunto de «cuatro golfos» que se aprovecharon del partido, como dice la literatura oficial.

Este infortunio se empezó a ver con el ordenador de Luis Bárcenas. Allí estaban las pruebas para que los dirigentes nacionales pudieran demostrar que jamás habían cobrado un euro en negro y que cualquier coincidencia de los «papeles de Bárcenas» con la realidad era pura casualidad. Y algún mal fario quiso emponzoñarlo todo y destruyó los discos duros que contenían tan preciada información. Se comprenderá que el perjuicio al PP, además de injusto, es memorable. Injusto, porque contribuyó a la siembra de dudas sobre la contabilidad del partido. Memorable, porque es una parte del vicio nacional de destruir la memoria.

Cuando habíamos asumido ese golpe de mala suerte, nos encontramos dos nuevos episodios que demuestran que el mal fario sigue persiguiendo al PP. Ambos ocurrieron o se conocieron en las últimas 48 horas. El primero fue un robo: en el Ayuntamiento de Valdemoro (Madrid) robaron documentación que tenía que ver con la Púnica, ese lío de Paco Granados en compañía de otros. Los ladrones seguramente se equivocaron, porque miren que hay sitios donde robar en la Comunidad de Madrid, y fueron a dar justamente donde hay documentación de la Púnica: quizá contratos de obras, concesiones y otras menudencias que se hacen en los ayuntamientos.

Y el segundo se conoció ayer: la Comunidad de Madrid borró los correos electrónicos corporativos del mismo Paco Granados, que fue consejero de Transportes y Presidencia. El juez que instruye la Púnica quiso saber de qué hablaba Granados, pero, ay, los correos tampoco estaban. Los responsables informáticos del Partido Popular tienen la costumbre de muerto el perro se acabó la rabia y, cesado el cargo, se acaba su vida y su memoria en el ordenador. Otra vez alguien del Partido Popular tiene la mala suerte de no poder despejar dudas sobre su inocencia. Asunto de infortunio. Quizá mal de ojo. A lo mejor, consecuencia de estar en el número 13 de la calle Génova. Si yo fuese Rajoy, mandaría poner ristras de ajos en las ventanas. O dentro de cada ordenador.

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