Estado de derecha


A veces, cuando el dedo apunta a la luna, hay que acercarse a oler el dedo, por si apesta.

Por ejemplo, en la antepasada sesión plenaria del Parlamento Europeo en Estrasburgo, el Partido Popular consiguió incluir en el orden del día un debate sobre las noticias falsas: «Rusia: la influencia de la propaganda en los países de la Unión». El eurodiputado popular Esteban González Pons, con una ampulosa retórica a la altura de su cinismo, decía: «Estamos orgullosos de nuestra democracia, de la separación de poderes, de la libertad de expresión, del Estado de Derecho y de la prensa libre, pero esa debe ser una fortaleza, y jamás una debilidad. Europa es una inteligencia incómoda para los enemigos de la verdad, y posverdad solo es otro nombre de mentira». Visto desde una democracia hedionda por la corrupción del partido del gobierno, en la que la separación de poderes y la libertad de expresión son chistes de humor negro porque se está retorciendo el «Derecho» que ríete tú de «portavoza», decir eso sin despeinarse tiene mérito.

No deja de ser un ejemplo más de cómo, también desde las instituciones, se teje una tupida alfombra de noticias basura y noticias falsas, aparentando combatirlas, bajo la que esconder una porquería tan abultada ya, que nos hace tropezar a diario para darnos de bruces con una realidad nacional que, si bien golpea con dureza, no acaba de sacarnos del letargo narco-patriótico.

Y no es que no sea verosímil una campaña de desinformación rusa, ¿sólo rusa?, sino que es una más en un campo de batalla multilateral, el informativo, en el que nos encontramos desarmados por nuestro propio gobierno, en la medida en que no disponemos de la principal defensa: unos medios de comunicación públicos, solventes y rigurosos; fiables, en definitiva. Muy al contrario, el nivel de manipulación informativa en RTVE es tal, que hace que cualquier operación extranjera sea casi pintoresca.

Y es en esta situación de vulnerabilidad democrática en la que se multiplican incidentes represores que nos remiten a un pseudo-Estado teocrático en manos del fundamentalismo nacionalcatólico. Estamos pasando de un Estado de Derecho a un Estado de derecha autoritaria que, ante la frustración que supone la caída de sus mitos economicistas («la recuperación», la desregulación, la privatización, etc.) tiene que buscar chivos expiatorios con los que descargar de atención pública las consecuencias de su negligencia política. Perseguir, censurar, multar y/o encarcelar a artistas, titiriteros, instagramers blasfemos, raperos y adversarios políticos, y exacerbar el patriotismo de bandera balconera e himno cursi, no van a poder ocultar por mucho más tiempo el verdadero volumen del saqueo institucional, ni distraer del sabotaje de las condiciones de vida de la mayoría de la ciudadanía.

El premeditado deterioro de los servicios públicos (sanidad, educación, pensiones, transportes…) como pretexto para una privatización ruinosa que habrá que rescatar, el vergonzante desmantelamiento del sector científico, la desigualdad y pobreza rampantes, el desprecio por la discriminación, por supuesto no solo salarial, de la mujer (por cierto, ¿ordenaría M. Rajoy: «No nos metamos en [el Congr]eso» cuando debatan sobre ello?), entre otras calamidades, son solo los síntomas del cáncer que nos consume: el cártel político-financiero que, además, para mantenerse y seguir parasitándonos, requiere el falseamiento «a la griega» de las cuentas públicas para que den una apariencia de solvencia que, presumo, dista bastante de la realidad. Así lo denuncian economistas como Juan Laborda, a quien pude escuchar recientemente en una ponencia sobre sector financiero y deuda.

La codicia criminal de quienes trepan, con ambición indisimulada, a las cimas del poder para proteger sus intereses particulares no solo contribuye a la corrosión de libertades y derechos, sino que está deteriorando progresivamente mecanismos de cohesión social con los que cuenta la democracia para garantizar una subsistencia digna al conjunto de la ciudadanía. Esta incertidumbre genera zozobra y dispara el mecanismo del miedo: el cerrojo individualista y el rechazo a «los otros»; la confrontación permanente. Una fragmentación social muy útil a los intereses económicos de unos (pocos) y políticos de otros, que tienen en el odio y la discriminación combustible inflamable para sus aspiraciones electorales.

Nos está quedando un Estado de derecha acojonante, en sentido literal.

¿Y la próxima semana?

La próxima semana hablaremos del gobierno.

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