Las excusas: cosas más importantes


Ser partidario de la oficialidad de la lengua asturleonesa no es nada fácil. A la hora de hablar de este tema, acabas oyendo una y otra vez los mismos argumentos, las mismas muestras de que la persona con la que se debate tiene escasos conocimientos sobre lo que esta hablando. En el Campus del Milán había un curioso dicho respecto a este tema: todo el mundo tiene un pequeño lingüista dentro. Por eso todo el mundo se siente capacitado para hablar del lenguaje sin haber estudiado lingüística (cosa que es poco menos que querer construir un puente colgante sin haber estudiado ingeniería).

De entre todos estos argumentos que tanto gustan a los filólogos de caleya hay uno que parece ser su favorito: hay cosas más importantes. Asturias tiene problemas mayores que la oficialidad del asturiano (como si esta fuese un problema), a saber: el paro, la despoblación, los faisanes del parque San Francisco, la gente que pasea perros sin bozal, el menú de la cena de los Premios Princesa, la sidra que no se bebió a finales de agosto etc. Da igual que las mayores movilizaciones sociales que se han visto en Asturias desde la transición hayan sido en su inmensa mayoría relacionadas con la oficialidad del asturleonés: hay coses más importantes.

Cuando oigo esa frase lapidaria, se me vienen a la mente dos cosas. La primera de ellas es una frase del profesor de la Universidad de Berkley, Ramón Grosfoguel: el mayor privilegio que otorga la ideología dominante es poder presentarse como no-posicionado. Aplicado a nuestro contexto, esto quiere decir que quienes consideran aceptable la situación actual del asturleonés en Asturias pueden presentar su posición política como fruto del «sentido común», algo que surgió de forma más o menos natural y de lo que no cabe duda ni revisión. Y por supuesto, una opinión que no está influida por ninguna ideología.

Esto no puede ser más falso. Empezando por el hecho de que vivimos en una sociedad política donde cualquier acción (o inacción) por parte del estado es fruto de ideas políticas. Además, ignora que la idea de reconocer al asturiano como una de las lenguas de nuestro Principado no es algo reciente, sino que lleva debatiéndose con mayor o menor intensidad desde el día en el que España volvió a la senda democrática, cuando esos problemas «más importantes» quizás no eran tan grandes como lo son ahora.

Es también una forma de desprecio hacia las aspiraciones políticas de los otros, con una buena dosis de paternalismo, así como una forma de despreciar los derechos de las minorías porque claro, esos derechos son algo poco importante. A veces me pregunto si los mismos que consideran el reconocimiento del asturiano “poco importante” también consideraban de poca importancia otros derechos que afectan a minorías, como el matrimonio entre personas del mismo sexo.

La otra cosa que se me viene a la mente es un fragmento de El manual del dictador, de Bruno Bueno de Mesquita y Alastair Smith, un excelente análisis de los mecanismos que hacen funcionar a la autoridad política, en donde llegan a la conclusión de que toda acción política en cualquier estado tiene un motivo «real» y un motivo «bueno». Un motivo que lleva a actuar y otro que se presenta al público como causa de la acción (a ser posible, una en la que el electorado pueda verse reflejado). Cuando a los defensores de las «cosas más importantes» se les pide definir que son esas cosas, siempre repiten las mismas vaguedades poco definidas, como «el paro» o «la despoblación», sin aportar maneras concretas de afrontar estos problemas e ignorando que la oficialidad del asturiano serviría entre otras cosas, para amortiguar los efectos de muchos de esos problemas.

La falta de concreción con la que definen estos problemas «más importantes», el hecho de no presentar medidas concretas para combatirlos deja ver que, aunque es probable que de verdad sientan preocupación por ellos, su oposición a la lengua asturiana no es una cuestión de prioridades. No. Hay algo más detrás de ello, generalmente un motivo ideológico. Un excesivo nacionalismo español (compatible tanto con izquierdas como con derechas), según el cual, que una lengua como el asturiano obtenga el mismo estatus que el castellano es algo intolerable, algo que simplemente no puede ser. Una especie de freno de puerta político: los nacionalistas de España no solo pueden presentarse como si no fueran nacionalistas, sino que también pueden plantear una serie de líneas rojas que el resto de la sociedad no pueden cruzar. Ven como suyo el derecho a hacer esto. Llamarles privilegiados, yo creo, es poco.

En realidad, denominar cualquier aspiración política como «poco importante» es un argumento vacío. Partiendo de la base de que al igual que las tragedias, la importancia de una reivindicación política es siempre personal, subjetiva y por supuesto, cambia mucho según los intereses de cada persona. Yo creo que, por cuestión de higiene democrática, conviene respetar todas las aspiraciones, aunque no las compartamos. Por otra parte, ¿deberíamos esperar higiene democrática de quienes se niegan en rotundo a la igualdad entre las distintas lenguas de España? No estoy seguro de ello. En mi caso, creo que ante alguien que nos diga que cualquier anhelo político es «poco importante» o quizás «no es el mejor momento para ello», lo mejor que se puede hacer es ignorarle. O como mucho, recordarles que hay mucha, mucha ideología detrás de ese argumento, tan neutral en apariencia, pero tan parcial en esencia.

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