Si no hay mayoría, vamos a las urnas


¿Qué es gobernar? Según la definición clásica, gobernar es «ejercer la dirección, la administración y el control de un Estado, ciudad o colectividad». Desde ese punto de vista, cabe preguntarse si, más allá de ser el presidente legítimo del Ejecutivo, Mariano Rajoy está ejerciendo realmente la dirección y el control del Estado español. Es obvio que para gobernar un país no es necesario que el partido al que pertenece el presidente disponga de mayoría absoluta. Pero también que, cuando se está en situación de minoría, para dirigir los destinos de un Estado es necesario contar con una mínima estabilidad, fruto de acuerdos con otras formaciones, que permita fijar un rumbo político y económico sin estar al albur del capricho de quienes, no teniendo la responsabilidad de gobernar, actúan solo en función de sus propios intereses electorales.

Un presidente en minoría debe contar al menos con la lealtad de sus teóricos aliados. Y, en este momento, Rajoy no tiene la lealtad de nadie, porque la insólita pretensión de Albert Rivera es ser socio del Gobierno cuando hay que apuntarse alguna medida popular o un buen indicador, y a la vez liderar la oposición, marcando la mayor distancia posible con Mariano Rajoy cuando toca asumir decisiones difíciles.

Una incoherencia que se retrata en el hecho de que Ciudadanos invistiera con sus votos a un presidente al que tacha todos los días de corrupto. Y lo mismo cabe decir del PNV, que solo apoya a Mariano Rajoy si pasa antes por caja.

La situación de precariedad, unida a la manifiesta deslealtad de sus teóricos socios, impide que Rajoy gobierne con una mínima autoridad y coherencia, porque la iniciativa política está siempre en manos de una inmensa oposición por la que se ve arrastrado.

Es evidente, por ejemplo, que el Gobierno acabaría mejorando las pensiones en esta legislatura porque ahí, entre los jubilados, está su gran caladero de votos. Pero, convencido de que cuando lo planteara tendría el apoyo de todos, Rajoy cometió un grave error de cálculo al retrasar esa medida, que es urgente y de absoluta justicia en plena recuperación, para acercarla a las próximas citas electorales.

Ahora, ha perdido la iniciativa y el tanto de ese incremento de las pensiones por encima del 0,25 %, que el Gobierno va a aprobar sí o sí, se lo anotarán Podemos, que con absoluto cinismo se presenta como adalid de unos mayores a los que siempre despreció -hasta el punto de que la hoy defenestrada Carolina Bescansa llegó a decir que «si solo votaran los menores de 45 años Iglesias ya sería presidente»-, y Ciudadanos, que se suma a la ola, pero que tampoco se distinguió jamás por su apoyo a los pensionistas.

En esas condiciones, Rajoy debe preguntarse si tiene sentido gobernar así un país. Sin apoyos para aplicar sus proyectos, sin controlar los tiempos políticos y yendo siempre a remolque de una oposición oportunista y unos socios desleales. Gobernar es algo más que resistir en Moncloa.

Y, si nadie quiere responsabilizarse de formar una mayoría estable o de articular una alternativa, lo mejor sería ir a las urnas.

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