La pulsera amazónica


Redaccion

A comienzos de este mes de febrero, Amazon registró dos patentes de un modelo de pulsera que, con emisiones de radio, permite a la empresa monitorizar dónde está en cada momento cada uno de sus empleados en su grandes almacenes. Algunos de ellos lamentaron la pulsión por el control en una enorme compañía en la que se avanza además siempre en todo lo posible en la robotización de sus procesos. Antiguos trabajadores de Amazon, que fueron citados por el New York Times, expresaron su temor porque se termine exigiendo a los trabajadores actuar ellos también como robots, según una pauta programada y a la misma velocidad o puerta.

En más de un artículo se repitió el adjetivo de inquietante para describir la pulsera amazónica pero lo es mucho más pensar que esto se produce a la par que las empresas tratar de forzar las legislaciones laborales para tratar de operar en cada uno de los países eludiendo la más mínima relación contractual que esté prevista en las leyes. La empresa quiere entrometerse el espacio personal del empleado sin dejar un resquicio milimétrico, computar los segundos de sus movimientos con la precisión con la que la divinidad muestra su omniscencia advirtiendo al mortal de que cada uno de sus cabellos está contado; pero a la vez asegura y se asegura de que las relaciones laborales sean cada vez más tenues. Ocurre con los repartidores de Deliveroo y empresas similares que bajo el eufemismo de «economía colaborativa» pretenden envolver con un lazo lo que no es precariedad generalizada, salarios muy bajos que terminan por arrastrar a los del conjunto del sector, cuando no directamente un fraude del calibre del de los falsos autónomos que en España no sólo propaga el trabajo pobre si no que además es una carcoma para la Seguridad Social y su sostén.

Tal es el reparto que nos proponen de la piruleta, que para uno sea el caramelo y para el otro el palo entero y solamente; y encima hay que tragar que tiene una pretensión equitativa o algo semejante. Pero ya es terrible que al desdén que hay de por sí al trabajo, ese soslayo con que se le quiere tratar cada vez más se le conjugue además con el escrutinio inquisidor para una relación laboral que sólo se reconoce a regañadientes. 

Se cruza un paso más hacia el totalitarismo cuando empieza a ser aceptable que a una persona se le considere igual que una cosa, un droide bípedo que ya está empezando a molestar y al que se quiere poner fecha de caducidad y que además consuma productos con obsolescencia programada. Demasiado inhumano. Pero aún careciendo de la menor empatía se puede reconocer en todo caso que a más corto que medio plazo es muy mal negocio general, que esa desigualdad y pagos de supervivencia terminan por hundir al conjunto de la comunidad y devastar sus redes de protección social.

Si tampoco le parece para tanto ¿por qué no extender el uso de la pulsera también a los altos directivos de empresas para que sepamos dónde toman sus decisiones en todo momento? Quizá con un dispositivo que permita evaluar si sus acciones se ajustan a la legalidad en directo, quien no haga nada malo no tiene nada que temer. Quizá en vez de un pulso lumínico la señal podría enviar en este caso un breve apretón de su correa. Quizá no tendríamos que exigir que la llevaran precisamente en la muñeca.

Valora este artículo

7 votos
Comentarios

La pulsera amazónica