No delinquen, y saben cómo defenderse


La nueva mesa parlamentaria catalana, embarrada por el independentismo, es la misma del 6 y 7 de septiembre pasado. Torrent por Forcadell, unos miembros por otros. Lo dijeron tras el infame pleno del jueves: «Sabemos cómo defendernos». Y dicen verdad. Una de las taras de la democracia es la incapacidad para decapitar a quienes colocan minas debajo de las instituciones para volarlas (ahí sigue el veneno de TV3 y los lazos amarillos en las puertas de los edificios administrativos, en la solapa de Guardiola; ahí sigue el odio que se inocula en las escuelas y los altos funcionarios que hacen bolitas con el 155 y juegan a encestarlas en las papeleras). El Parlamento lleva desde ese mes de septiembre sin parlamentar. Forcadell lo convocó exclusivamente para ir progresando en la Declaración Unilateral de Independencia (DIU). Torrent es una fotocopia; los regímenes despóticos, otra.

También dijeron después del infame pleno: «No delinquimos, somos demócratas, luchamos contra el Estado represor». Y también dicen verdad, es lo habitual en tiempos de semántica ahuecada. Es de rabiosa actualidad. Y «España somete», equiparando al Gobierno de Madrid con el Tribunal Supremo. Y cuela. Lo apuntó hace décadas Camus: «Nombrar mal las cosas significa acrecentar la desgracia del mundo». Y estamos en esa desgracia: un juez aplica la ley y es un neofascista.

Las palabras se han vaciado. Exilio, cárcel, represión… Ya no significan lo que significan. A la huida vergonzante la llaman «exilio» (Carlos Puigdemont, el Caudillo que, en su agonía franquista, quiere dejar todo «atado y bien atado»; Ana Gabriel, la anticapitalista capitalista que se corta el flequillo en Llongueras y habita el país más sucio de entre los sucios, alimentándose de los crímenes urbi et orbe). El eufemismo que emplean con los políticos encarcelados es el de «presos políticos». A la CUP y a los guerrilleros urbanos los hacen aparecer como fuerzas de choque antirrepresivas (son singulares estos últimos porque son los que tienen cautivos a ERC y al reducto de sensatos que queda en la antigua Convergencia, amenazándoles con la bala de «traidores» si se desvían del dogma; una cacería).

El Parlamento es un soviet que desprecia al partido ganador de las elecciones del 21-D, Ciudadanos, y al 51% de los electores. Más aún: no existen. Con solo el 47%, estos autócratas han arrebatado a la ciudadanía su cámara de representación. No ha de extrañar que la última encuesta de la propia Generalidad refleje un descenso en intención de voto. Unos pocos meses más, y los fanáticos quedarán por debajo del 40%, porque están dejando a Cataluña irreconocible. Y hay dos millones de excluidos económicos y sociales. Ellos, que desprecian la pobreza de los extremeños, se están volviendo despreciables. Volcados en sí mismos, les asquean los humildes, que solo les sirven una vez alienados con la lengua, la cultura, el mito y la xenofobia. Así, los charnegos están engrosando las filas de los tiranos. Entre la ficción y la realidad siempre se interpone la utopía del loco, pero del loco desarrapado; el loco que maneja la política es una locura fingida, y esto es lo más repugnante: saben que no van a llevar a Cataluña a la república y siguen, y siguen, y siguen, y siguen, arrojando al abismo de la demencia y la pobreza a cientos de miles.

Por decirlo finalmente de algún modo, no el mejor posible pero sí entendible: el único objetivo de los independentistas (como el de Puigdemont) es ellos mismos: su protagonismo soberbio y vanidoso, sus prebendas y bienes, y sus ponzoñosas miserias (los miserables éticos nunca saben que son miserables llegados al punto de ebullición). Que la combustión esquilma, es justamente lo buscado, husmeando en las cenizas que dejó ETA: victimismo, causa justa, apelación a la ONU, Estado fascista. El procés es una rebelión pseudoetarra que necesita dilatarse. Torrent es hoy el dilatador, un sedicioso aburguesado (al igual que el resto de salvajes), miedoso ante las consecuencias. Son los mismos de septiembre, suplicantes ante Llarena, valientes en los despachos cerrados. Pero en unos meses llegará el tiempo en que las consecuencias exijan su tributo.

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