8 de marzo de 2018, un día para la historia


Redaccio

La celebración del 8 de marzo como jornada reivindicativa de los derechos de las mujeres es ya más que centenaria. Aunque el año pasado no siempre se haya recordado, en parte debido al calendario juliano y en parte precisamente porque lo eran, fueron las mujeres rusas, el 8 de marzo de 1917, las que dieron comienzo a la revolución, aunque la tradición era entonces reciente. El de 2018 pasará sin duda a la historia gracias a la convocatoria de la huelga y a que se ha llegado a un momento decisivo en la lucha por la igualdad.

No ha habido discriminación más prolongada en el tiempo, ni más difícil de combatir, que la que ha sufrido la mitad de la humanidad durante milenios. Cualquier clase o sector social explotado, oprimido o discriminado ha tenido que enfrentarse siempre no solo a los interesados en mantener esa situación sino a la ideología dominante, a esa forma de ver el mundo, reproducida por tantos medios, que lo justifica con todas sus injusticias y que es más eficaz que la represión violenta, generalmente solo necesaria de manera excepcional para la conservación del sistema, incluso en las peores tiranías o en las sociedades especialmente desiguales. Las mujeres han debido sufrir, además de las convicciones religiosas, las costumbres y tradiciones, las doctrinas políticas o incluso filosóficas y científicas en las que, de una u otra forma, siempre se plasma la ideología, la coerción añadida que suponen los sentimientos. Los hombres que las someten son sus padres, hermanos, esposos, hijos, amigos.

No pretendo convertir a todos los hombres en opresores conscientes y malvados, aunque los haya y sean demasiados. Lo que quiero decir es que Jefferson podía escribir hermosos textos sobre los derechos naturales del hombre, olvidarse de los de las mujeres y ser propietario de esclavos. Eso no supone que fuese una mala persona, cruel e inhumana, sencillamente estaba convencido de que esas eran desigualdades «naturales». Dios había hecho a Eva de la costilla de Adán y los africanos eran unos salvajes que incluso estarían peor en su continente. Igualmente, los diputados de la Asamblea Nacional francesa, llenos de las mejores intenciones, excluyeron de los derechos que aprobaron en 1789 a las mujeres y privaron también a los varones pobres del voto.

Soy profesor de historia, llevo toda la vida estudiándola, y confieso que tardé tiempo en darme cuenta de la anomalía que supone que lo que estudiaba y enseñaba era solo una historia de hombres. Ni siquiera profesoras de izquierda me hablaron en la carrera de la contradicción inherente a la declaración de 1789, o del machismo de Rousseau y Voltaire, tardé en saber quién había sido Olympe de Gouges y eso que conviví desde muy joven con mujeres feministas.

No hay nada más difícil de cambiar que las mentalidades. A veces pongo como ejemplo precisamente a la revolución rusa, aunque sé que no es bueno. El estalinismo descristianizó formalmente la sociedad, pero acabó con todo lo que se había logrado en los primeros años de la revolución en el cambio de las viejas costumbres y consolidó una sociedad patriarcal y moralmente reaccionaria, que poco tenía que envidiar al franquismo, aunque en vez del brazo incorrupto de Santa Teresa se adorase la momia de Lenin.

Quizá Suiza sea el mejor ejemplo de lo que estoy planteando. La primera democracia europea, el país que en 1848 consolidó el sufragio para el universo masculino, fue la última en reconocer los derechos políticos a las mujeres, precisamente porque era la más democrática. No fueron gobiernos opresivos, fueron los hombres suizos los que, debido a la democracia directa, rechazaron sistemáticamente la igualdad en referendos hasta el final del siglo XX.

Parece que fue en otra era cuando nos manifestábamos ante la Audiencia de Oviedo para que se derogase el delito de adulterio, que permitía encarcelar hasta seis años a las mujeres. O la defensa de la igualdad civil y del divorcio. No resulta tan lejana la batalla del aborto, todavía amenazado por la peculiar política del PP de Rajoy de esconderse tras el Tribunal Constitucional para que le haga el trabajo sucio. Hoy, la igualdad legal es plena, ya no hay profesiones prohibidas para las mujeres y, aunque siguen siendo minoría, cada vez hay más en puestos de responsabilidad. Podría pensarse que la huelga es excesiva, que no hay motivos. Solo con salir a la calle, leer los periódicos, escuchar las radios o ver las televisiones resulta evidente que eso es falso.

No se trata solo de que las mujeres sean una exigua minoría en todos los puestos directivos, desde las empresas a la administración, la academia o la justicia; tampoco solo de que sufran cargas sociales como el cuidado de los hijos o los dependientes que no les son compensadas y dificultan su trayectoria profesional; sino que el machismo sigue siendo demasiado fuerte en nuestra sociedad. Lo peor es, sin duda, la violencia ejercida contra las mujeres, los crímenes que se producen todos los días, pero resulta especialmente alarmante lo que pasa desapercibido. No hay más que leer o escuchar las vulgaridades, muchas veces soeces, que el ingenio del periodismo reaccionario le dedica últimamente a Anna Gabriel, por poner un ejemplo, o ver buena parte de las películas o series de televisión que consumen los jóvenes y, sobre todo, fijarse en lo que no se hace o no se dice.

Ya sé que pocos gobiernos hubo en la historia coherentes en la defensa de los derechos humanos, que los partidos políticos se han olvidado de los principios, pero ¿cómo se pueden mantener relaciones normales con países que oprimen bárbaramente a la mitad de su población? ¿Qué gobiernos se preocupan por las heroínas que se quitan el velo en público y son encarceladas? ¿Quién condena a los latinoamericanos que obligan a tener hijos, o a morir, a niñas de 11 años violadas? Los derechos humanos solo se reclaman a Venezuela y Corea del Norte ¿tendrán categoría de humanas las mujeres?

Es necesario seguir luchando en el terreno de lo público, pero el cambio completo solo se logrará en el de lo privado, cambiando la mentalidad también de los hombres. No creo que ninguno de nosotros pueda salir bien librado de un autoexamen riguroso. La reacción «masculinista» que se está produciendo, la obsesión con la llamada «ideología de género», muestran que incluso en los países más avanzados queda mucho por hacer y que no se logrará sin la rebelión de las mujeres.

Espero que la huelga sea un éxito y que las mujeres que en tantos países sufrirán la represión el 8 de marzo encuentren la solidaridad que merecen.

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