Mariano en el rincón del ring


Estos días, un PP agobiado se está asomando al borde del podio triunfalista y le da un poco de vértigo; no es para menos. Resulta obvio que planean dos asuntos que hacen zumbar Génova como una colmena en primavera y, no, uno de ellos no es Cataluña. El primero es la amenaza naranja. Ahí sí tuvo que ver algo colateralmente Cataluña, porque al mismo tiempo que el Gobierno se comió el marrón (?) de aplicar el 155 sin ningún beneficio electoral, Rivera cosechó todo el éxito, hasta el moral. En este asunto tengo muchas dudas sobre la inteligencia real o casual de los naranjas y ninguna sobre la torpeza de los azules. De los demás mejor ni hablamos. Vino todo como por un carril. Cierto que Arrimadas fue un éxito de ventas en el Parlament, azote apocalíptico de las chominadas de Puigdemont, Jonqueras, Forcadell y asociados. Tampoco era tan difícil subir el nivel. Tenía todo un aire de tragedia irritantemente estúpida y de trampantojo, como las fantasiosas comidas gaseosas del extinto Bulli.

Pero todo esto es historia. En Génova hicieron sonar la alarma antiaérea para avisar del bombardeo de Ciudadanos, se pusieron los cascos y lanzaron octavillas a los dirigentes para que soltaran el mensaje todos a una; es la absurda munición comunicativa que suele emplear con escaso éxito el PP. También es verdad que el presidente constituye la peor pesadilla de un jefe de prensa. Pero es que se huelen las consignas y frases hechas a un kilómetro. Ya veremos si el suflé no se deshincha con las urnas de verdad, porque, como todo el mundo sabe, las encuestas tienen menos valor que el papel en que están escritas, por no mencionar algo más escatológico. No sé cómo aún hay quien tiene el morro de vivir de ellas y, lo que es más asombroso, cómo hay quien paga por ellas.

El segundo asunto, y este sí que es serio, son las pensiones. Parece que ha estallado una crisis del Estado del Bienestar en toda regla, aunque todo el mundo la veía venir. Montoro, o el pope ese que estaba en CCOO y se pasó a lado oscuro, o quien sea, sacaron la calculadora y cuando se la acercaron a Rajoy a la cara, al gallego casi le da un pampurrio.  Con su habitual impericia verbal ante los medios (y sospecho que también sin estar los medios delante), al presidente sólo se le ocurrió lanzar el nada sutil mensaje de que nos busquemos la vida con planes de pensiones privados. La verdad es que el gasto en pensiones no para de crecer. La cifra se ha disparado en los últimos 10 años desde los 98.000 hasta los 140.000 millones que el Estado empleó el pasado año, y prevé que este año sean 5.000 millones más. Es, para hacerse una idea, algo más del 40% de los presupuestos del Estado. Zapatero, que tampoco es que fuera un modelo sueco de gestión, dejó la hucha con 64.000 millones y Rajoy ha tenido que pedir un crédito para pagar la extra de Navidad: comienza a jubilarse la generación del Baby Boom. A los refugios.

Lo que está claro es que entre la sanidad y las pensiones, el Estado no da para mucho más, aunque de algún sitio habrá que sacar. Si les sirve de consuelo a los economistas de palacio, hay que decir que el gasto en Educación disminuirá: habrá muchos menos niños y más viejos. Pero no creo que eso nos depare muchas alegrías. Tendríamos que empezar a pensar que sobran muchas duplicidades y hasta triplicidades en el Estado con tanta administración, y que sobran muchos funcionarios y muchos cargos públicos. En mi opinión, no es el Estado del Bienestar el que naufraga, sino el de las autonomías.

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