Señales de alarma para viejos partidos

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Las elecciones que se celebran en Europa no son lo que eran. Algo se cuece en el comportamiento de los votantes, algo que terminará afectando a España, y quizá termine por cambiar el mapa de siglas y el propio sistema representativo. Ocurrió en Francia con Macron, que ganó unas elecciones sin un partido detrás y dejó a los partidos tradicionales en la cuneta de la historia. Y volvió a ocurrir en Italia, donde no quedan ni los restos de los partidos que competían hace años. ¿Recordáis cuando las batallas electorales se dirimían entre la Democracia Cristiana y el famoso PCI, el Partido Comunista Italiano? No quedan ni los restos de ninguno. Han desaparecido como tales y ni siquiera hubo un funeral de primera en su entierro. ¿Ocurrirá lo mismo en España con el Partido Popular y el Partido Socialista? Si las encuestas que ahora mismo se publican se cumplieran en las urnas, podríamos estar ante los primeros pasos.

La primera coincidencia que hay en la mayoría de los últimos procesos electorales celebrados en Europa es la decadencia de la socialdemocracia. País tras país, los partidos socialistas que fueron decisivos en la construcción del modelo social actual van cayendo hasta quedarse en testimoniales. Ni el fichaje de grandes candidatos, como en Alemania, es capaz de alcanzar una victoria. El socialismo europeo sufre los tres problemas que definen la crisis de una fuerza política: el de liderazgo, el de oferta ideológica y el de soporte electoral. La segunda coincidencia es la fortaleza creciente de los partidos que llamamos extremistas o radicales, singularmente los de extrema derecha, que crece en toda Europa por su oposición a la inmigración y su nacionalismo visceral. En Italia la Liga Norte tuvo un crecimiento espectacular a pesar de ser un partido que suscita tantos miedos. Pero conectó con el nacionalismo, harto de las imposiciones de Bruselas o de Berlín, igual que el Movimiento 5 Estrellas. Entre estos dos partidos suman la mitad del electorado italiano. Todo un aviso: el euroescepticismo está también en alza y sin distinción de ideologías. Alguien tendrá que reinventar la seducción europea o ese proyecto común tendrá una duración limitada. Así pues, las viejas democracias están recibiendo señales de cambio cuya dirección habrá que adivinar. Pero hay una muy evidente: los ciudadanos europeos buscan algo distinto de lo que ofrecen los políticos actuales. Quieren cambio y por eso pasan factura y a veces matan en las urnas a los viejos mastodontes. Y solo ganan o suben los nuevos que dicen lo que piensa la calle. Y a la calle hay que saberla escuchar. Sin viajar muy lejos, a los policías, a los funcionarios de Justicia, a los pensionistas y a la mujer.

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