El largo camino para las invisibles

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En estos días en los que las mujeres occidentales reivindicamos con más fuerza el reconocimiento de nuestra igualdad de derechos, es cuando más me acuerdo de todas aquellas que no tienen voz, de las que viven ocultas y sometidas tras el velo de la opresión, tras el muro de la pobreza, tras la montaña de la discriminación. Me acuerdo de las mujeres africanas a las que condenan a la salvaje práctica de la ablación, al matrimonio concertado, a la maternidad en serie, al trabajo precario cuando este existe, al abandono. Me acuerdo de las mujeres árabes educadas en una tradición patriarcal con la pátina religiosa que les impide siquiera sentir el calor del sol en su piel. Me acuerdo de las mujeres asiáticas condenadas a jornadas laborales interminables en talleres clandestinos sin las mínimas condiciones de salubridad. Me acuerdo de las mujeres sudamericanas violadas, violentadas, asesinadas solo por pertenecer al género equivocado.

Me acuerdo de todas ellas y siento que, mientras reclamo la igualdad que nos corresponde, el camino por recorrer es inmensamente largo en otras partes del planeta y que debemos de redoblar esfuerzos. Baste mencionar que, frente al 56,6 % de las mujeres que trabajan fueran del hogar en todo el mundo, en el Magreb y Oriente Próximo solo son el 32 % y de estas únicamente el 28 % lo hace en empleos que no se relacionan con la agricultura. El hecho de que las mujeres no puedan acceder a un trabajo remunerado las somete a una dependencia económica que facilita y perpetúa su sometimiento a los varones de su familia. Un sometimiento que pasa no solo por los matrimonios forzados, sino por la violencia de género que afecta a más de un 30 % de las mujeres en el hogar hasta llegar a los crímenes de honor, los cuales suponen entre un 10 y un 12 % de las muertes violentas. ¿Y qué decir de las refugiadas que tienen que vender su cuerpo para dar de comer a su familia? Invisibles pero no olvidadas.

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