Mujeres unidas, machistas pasmados


El primer e imprescindible paso para resolver cualquier problema es entender y reconocer que ese problema existe. Desde ese punto de vista, la huelga feminista convocada ayer en España fue un éxito rotundo antes incluso de su celebración, al margen de las cifras de seguimiento y las consecuencias económicas que comportó el paro. Y lo fue porque, aunque a muchos les parezca increíble, hay todavía millones de españoles, en su gran mayoría hombres, pero también mujeres, que niegan que el sexo femenino esté discriminado en nuestra sociedad, que es algo así como negar la ley de la gravedad. Pero, tanto si apoyaron la huelga como si no, todos los españoles saben desde ayer que la desigualdad entre hombres y mujeres es un problema real que trasciende ideologías, edades, condición social o situación económica. La brecha salarial persiste, pero en las tareas de la casa o el cuidado de los hijos esa brecha es una sima, incluso en los hogares de casi todos los hombres que nos solidarizamos con la causa feminista.

Una parte de la sociedad, especialmente en la izquierda, está movilizada desde hace tiempo en favor de la igualdad real de trato y de derechos entre ambos sexos. Pero el mayor éxito del 8M se mide en la cara de pasmo que se les quedó a muchos hombres de sectores económicos, fuerzas políticas y medios que tradicionalmente no reivindican activamente el feminismo, al comprobar que sus compañeras de partido, de trabajo, sus propias parejas o sus hijas, no les secundaban esta vez cuando enarbolaban su tradicional discurso reduccionista que limita la protesta feminista a un debate político, sino que, al contrario, se sumaban a la denuncia de la discriminación, participaran o no en la huelga. Y es esa inesperada transversalidad la que forzó a modificar muchos discursos, artículos y editoriales, convirtiendo en histórico el 8M.

Entre quienes han tenido que cambiar el paso sobre la marcha está el Gobierno, que llega tarde y algo desorientado a este salto adelante en la unidad de las mujeres para denunciar su discriminación, como llegó tarde el PP a la reivindicación del matrimonio homosexual, empeñándose en negar su equiparación con el heterosexual. Uno de los mayores errores históricos de la derecha ha sido precisamente el de dejar en manos de la izquierda causas como la reivindicación de la cultura o los derechos de mujeres y homosexuales.

Sumarse o no a una huelga, sea laboral o feminista, es también un derecho de todas las personas y de todos los partidos, que debe ser respetado. Pero lo relevante es que desde ayer las mujeres españolas están más unidas para denunciar la desigualdad y los hombres tienen menos excusas para alegar ignorancia o negar la dimensión del problema. Lo necesario ahora es que ese gran paso adelante se traduzca en hechos. Sería deseable por ello que nadie trate de monopolizar un éxito que corresponde a todas las mujeres. Y que el 8M sea un punto de inflexión para despertar conciencias y sumar esfuerzos que acaben con una lacra injusta, y no una excusa para el enfrentamiento político.

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