La insumisión de las masas

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Si aplicamos el más célebre principio de la retórica clásica -«Todo lo que nace muere, lo que empieza acaba, y lo fuerte se debilita»- no cabe ninguna duda de que el Partido Popular abandonará la Moncloa para dar paso a otro inquilino cualquiera. Para hacer esa afirmación no hacen falta encuestas, ni invocar a Pericles, ni visitar a la bruja que le pronosticó a Macbeth que su castillo sería inexpugnable hasta que el bosque de Birnam se pusiese en marcha para conquistarlo.

Lo que no sabemos -y para eso están los politólogos- es cuándo y cómo se va a derrumbar el PP; qué elementos pondrán en marcha el bosque de Birnam; y quién asumirá el papel de Macduff para sentarse en el ingrato -pero deseado- sillón de la Moncloa. Siempre se le atribuye a Fouché -el poliédrico político que sirvió a Luis XVI, a la Revolución, a Napoleón y al Congreso de Viena- la certera afirmación de que «una masa, puesta en marcha, puede hacer lo que ninguno de los individuos que la integran sería capaz de hacer por decisión personal».

Y por eso cabe pensar que el electorado español -una masa- acabe poniendo en la Moncloa a Albert Rivera, el muñeco de rígida porcelana al que ningún español pondría, a título personal, al frente del Gobierno.

Porque, mientras el votante es capaz de razonar, y de hacer comparaciones entre lo que se va y lo que viene, la masa está indignada, obcecada y vengativa, por lo que, en vez buscar un gobernante alternativo -que es la función del sistema electoral-, solo está obsesionada por destruir a quien no quiere que le gobierne, sin reparar en gastos ni consecuencias.

Para demostrar que la cosa va de masas, y no de personas, el gran Rivera dibuja y exhibe, coram populo, el círculo cuadrado de su incompetencia. Primero, con la promesa de resolverlo todo -las pensiones, los salarios, la precariedad, la financiación autonómica, la inversión en I+D+i, educación, vivienda y dependencia- ¡bajando los impuestos! Y después, con su inamovible decisión de superar todos los problemas políticos y humanos de nuestra compleja sociedad -incluyendo Cataluña y la corrupción- con regla y cartabón, desterrando de su geometría invariable todo lo que no sean -en expresión del Cicho da Carballeira- «rectas y perpendiculares».

El error, sin embargo, es tan viejo, que ya lo explicó Quintiliano (en el siglo I) en sus célebres Instituciones oratorias: «Si alguien mandase a un general, cuando ordena la batalla, que se dirija de frente al enemigo, que adelante las alas, y las cubra con la caballería, ¿qué diríamos? Este orden será bueno cuando buenamente se pueda guardar; pero no se observará cuando lo impide la naturaleza del terreno, los montes, las selvas, los ríos o los collados». Quintiliano, obviamente, nunca votaría a Rivera. Pero la masa electoral de España está a punto de hacerlo contra viento y marea. Porque este país ya solo se rige -diría Fouché- por la obcecación de sus masas.

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