Pobre Gabriel


Pobre Gabriel. Por su vida arrebatada. Por su infancia perdida. Y porque a la sombra de su muerte brotan todo tipo de plantas venenosas. Los hay que intentan disculpar a la asesina confesa por el simple hecho de ser mujer y que cruzan los dedos para que haya un hombre implicado en la muerte del pequeño. Que se cumpla la cuota de maldad, no importa que la lógica invite a desear que la mancha de un crimen inconcebible se extienda al menor número de personas. Por el otro extremo del estercolero bucean con la boca bien abierta los que señalan el sexo, el color y el origen de la sospechosa como la raíz de todos los males del mundo, los que señalan su pecado original. A alguno solo le falta escupir: «Pedís la igualdad y al final resulta que sois iguales que nosotros». Está la que culpa al padre por dejar que su pareja cuidara del niño porque, «vaya como somos en España», que siempre se tienen que hacer cargo ellas de los chavales, aunque sean las madrastras. Y está el que señala a la madre porque, si ella estuviera pendiente de su pequeño y no trabajando, como mandan las buenas costumbres, esto nunca habría ocurrido. En medio del pantano del fango flotan todo tipo de tropezones. Como esa locutora independentista que dice que «los fabricantes de armas españoles venden a países donde también mueren criaturas tan inocentes e indefensas como Gabriel». Y como los indeseables amigos del aguilucho que piden a gritos el regreso de Franco (porque con él estas cosas no pasaban) y aprovechan para apoyar el triunfo definitivo del la raza aria. Sin duda, se merecen los unos a los otros. Pero el que no se merece todo esto es el pobre Gabriel.

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