Vida salvaje


El documental 100 días de soledad nos muestra cómo un hombre decide aislarse del mundo en el Parque Natural de Redes, en Asturias. Inspirado por algunos escritos del filósofo estadounidense Henry David Thoreau, José Díaz decidió pasar cien días en una cabaña sin electricidad, reloj, calefacción, o teléfono. Aislado. Como Thoreau, que pasó más de dos años aislado en una cabaña construída por él mismo, pero con cámaras y hasta un dron para las tomas aéreas, que el ascetismo tiene un límite. En silencio, salvo por los crujidos, los animales salvajes o el viento.

Confieso que a veces lo he pensado. ¿Qué pasaría si me largara donde no hay vecinos, ni coches, ni teléfonos móviles, en silencio? Los que no tenemos posibles, ni estudios, ni futuro alguno, quizá podríamos diluir nuestros cuerpos en un silencio atronador, apartarnos del medio, ya que el medio hace todo lo posible por apartarnos de cualquier sitio. Una vez me puse a pensar en ello durante una excursión por Las Médulas, pero se me pasó al ver a un señor intentando orinar contra el viento, allí entre castaños y cuevas, porque la vida salvaje tiene estas cosas, que la sordidez de nuestros cuerpos tarde o temprano te termina poniendo los pies en el suelo y mojándote los pantalones.

Los que disponemos de un talento escaso o la imposibilidad de darlo a conocer, vemos truncadas constantemente nuestros deseos más simples. Una vivienda, un coche, cien euros más de sueldo, qué sé yo. No hay posibilidades, así que a veces fantaseo con eso. Es un poco decirle al día a día que tú tampoco le quieres ver ni en pintura.  Como un monje, cultivando un huerto y criando gallinas sabe dios dónde, doblando el lomo sin que te lo manden, sin estar rodeado de productos insalubres, de gritos, de tensión, de la certeza de un salario ínfimo, sin idiotas. Hay tantas cosas por las que desear el silencio que no sé cómo no lo he hecho todavía. O sí.

No podría llevarme cámaras o un dron para grabar espesos bosques desde el cielo. A decir verdad, soy bastante torpe en general. Ayer sin ir más lejos me corté en un dedo con uno de esos cuchillos imposibles que no hace falta afilar nunca, y dejé la encimera de la cocina llena de sangre. Además, si me fuera cien días, a la vuelta, tendría que irme a vivir debajo de un puente porque me habrían despedido, y mi futuro ya de por sí incierto pasaría a ser inexistente, y la única opción que me quedaría es volver a las montañas, al bosque, sin médicos, sin discos de blues, sin internet, sin un duro. Probablemente moriría de alguna enfermedad perfectamente curable, qué sé yo, una infección provocada por un corte con un cuchillo de cocina de esos que no hace falta afilar nunca. El silencio, el de verdad, el que silencia al mundo pero se llena de vientos y animales, no está al alcance de todos. La vida de un trabajador pobre es todo lo contrario a eso. Es ruido y suciedad, es tensión hasta límites incomprensibles, es desesperación por estar en un bucle que no te deja salir, un bucle de facturas que malamente puedes pagar, un secuestro laboral, gris y húmedo y feo. Sobre todo feo. Es la fealdad misma, es el sopor y el cansancio, es mirar con resignación a quienes realmente hacen lo que desean hacer, o a quienes han tenido más suerte que tú y trabajan en un lugar que no te oprime el pecho ni te retuerce el corazón ni te fustiga el ánimo.

En un reportaje sobre el documental, se dice que en él podemos descubrir que en realidad necesitamos muy poco para ser felices. Es una afirmación que solo puede hacer alguien al que realmente le sobran cosas, pero difícilmente puede asumir como cierta alguien que cobre el salario mínimo. O alguien que no ha podido elegir. O alguien que tiene que regresar después de cien días en el monte a firmar el despido. Y así, se quedaría sin las pocas cosas que le hacen feliz: una película, un concierto, un libro, un café, una cama. La realidad para muchos es así, una eterna meada contra el viento, como el hombre de Las Mëdulas. La gente así no puede exponer su talento si lo tiene, no puede abandonar el mundo, no puede darle la espalda porque alguien tiene que aguantar la fealdad sobre sus hombros, y desde luego no van a ser quienes pueden tomarse unas vacaciones en la vida salvaje durante cien días.

Recuerdo una excursión a la sierra de Guadarrama con quien fue mi pareja. Nos perdimos un poco caminando por el campo, y ella grabó a unas abejas llenas de polen que daban vueltas alrededor de las flores. Aquel día capté algo de ese silencio que casi se mastica y que tan escaso me resulta. Miré las fotos en la cámara, y ciertamente era fascinante y ciertamente era mejor que un sucio polígono industrial en plena decrepitud. Hoy lo recuerdo y lloro un poco, porque fue un buen día y porque el sueldo no me da para comprarme un coche y volver por allí y fotografiar las abejas o las setas que reconocí por lo que me ha enseñado mi padre y pasar allí no ya cien días, ni tan siquiera cien minutos.

José Díaz, el protagonista y director de 100 días de soledad, es empresario. Así da gusto la vida salvaje.

Valora este artículo

11 votos
Comentarios

Vida salvaje