La venganza no puede tener hijos. Una verdad que asoma en la vileza de Ana Julia, que ha crecido aún más con su relato del crimen. Leo y no encajo sus palabras, y me aferro fuerte a las de la madre de Gabriel.

La venganza debería ser un dedo en alto ante la ley, un preguntarle a la justicia de qué forma humana es viable penar el delito tratando de atajar el horror. ¿Hay algo más infructuoso que la venganza, hermana bastarda del dolor? Digo venganza pensando esta vez en la venganza que quiere erigirse en ley. Querríamos ser delfines, quitarle al mundo amarillo odio y llenarlo de un azul mundo mejor. Pero hay un recorrido para eso, y andarlo es tratar con la fragilidad, pelear con nuestra rabia, entrar hasta lo más oscuro de lo humano; además, obviamente, de empatizar en el dolor. Eso implica tener fe, ¿en las alturas? En el cambio. En esa posibilidad. ¿Creen en la reinserción, ven el castigo como una forma factible de aprender? Los psicópatas no aprenden del castigo, concluye una investigación canadiense que detecta en ellos la incapacidad de empatizar. Los niños tampoco aprenden del castigo, sostiene la nueva educación.

El dolor más grande está encendido; el Congreso también, pero en él hay una lucha de intereses que busca su calor. ¿Endurecer la prisión permanente revisable? Con las tripas calientes diría sí; con la cabeza fría, no. Aunque para eso rehúya mensajes en cadena, el polvorín de la ira, pensar qué haría yo rota entera de dolor. Aquí la cita de Concepción Arenal: «Abrid escuelas y se cerrarán cárceles». Educación. Y el artículo 25 de la Constitución: «Las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social». Un principio.

Que Ana Julia se pudriese en la cárcel ¿pondría fin al horror?

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La venganza no es de ley