Perpetuamente sin cepillar


Redaccion

A mí no me extrañó el despropósito del debate celebrado esta semana en el Congreso sobre la prisión permanente revisable, tenemos muchos precedentes del peor populismo reaccionario con varios de los protagonistas en jalearlo todavía en activo. El hoy portavoz parlamentario de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, fue uno de los cabecillas del grupo de los Peones Negros que, en su día, se dedicaron a difundir todo tipo de bulos y barbaridades sobre la teoría de la conspiración del 11M. Nada menos que el hoy presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, acusó en sede parlamentaria a su predecesor de «haber cedido» ante ETA porque no le «ponían bombas» en los momentos iniciales de la tregua que eran el principio del fin de la banda terrorista. ¿Qué hubiera pasado si todo el desarrollo del procés del último otoño en Cataluña se hubiera desarrollado bajo el mandato de un presidente que no fuera del PP? Lo que habríamos tenido que escuchar.

A quienes se oponen, con argumentos racionales, al mantenimiento de esta cadena perpetua se les ha acusado de «extremistas» y también directamente de ser partidarios de los asesinos, casi cómplices nada menos. Vuelta a la casilla de salida. Se repite en el argumentario que la prisión permanente revisable existe en otros países de nuestro entorno, es cierto, pero en ninguno como aquí. Tal y como explicó el Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Carlos III de Madrid, Jacobo Dopico, en Suecia se revisa obligatoriamente a los 10 años, en el Reino Unido sucede a los 12, en Alemania a los 15, pero la ley española prohíbe revisar entre 25 y 35 años. Se pretende trasladar la idea de que este país está arrinconado por el crimen y el terror cuando lo cierto es que es de los más seguros de Europa, el tercero con menos víctimas de homicidios del continente aunque está en la media del número de reclusos por ese delito. Se han llegado a escuchar argumentos de la peor barra de bar para describir las cárceles como una especie de resort de lujo con piscina y WIFI ¿alguno de los que lo sostienen ha visto alguna vez una cárcel? Precisamente en este debate se tiene en poco o nula consideración el trabajo de los funcionarios de prisiones que tienen que bregar con unos internos que mantienen la esperanza de salir de la prisión el día que cumplan su condena. Si no la tienen ¿qué dificultades añadidas les caerán a esos funcionarios? A ninguno de los vocingleros del Congreso les importa un pimiento. 

Veremos que dice sobre esta materia el Tribunal Constitucional, porque, por cierto, que el fin de las penas de cárcel es la reinserción y no la venganza es un principio constitucional. Esto hay que decirlo mucho porque hay partidos que están todo el día presumiendo de constitucionalistas como si el resto fueran poco menos que una banda de subversivos echada al monte. A ver si ahora hay principios constitucionales que pueden pasarse por el arco del triunfo. Y cuidado, que hay más tribunales de los que este país (afortunadamente) está obligado a acatar sus sentencias. Ha tenido que ser el de Derechos Humanos desde Estrasburgo el que ha tenido que decir que es una barbaridad pedir cárcel por quemar unas fotos del rey. Todavía este fin de semana desde la cuenta de tuiter de la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura se compartía una noticia en la que se señalaba a Luis López Guerra como el juez que «siempre jugaba en el equipo contrario a España».

No importa que la Doctrina Parot fuera tumaba por 17 magistrados del Tribunal de Derechos Humanos por unanimidad, ni tampoco que lo hiciera por señalar que se había aplicado de forma retroactiva la jurisprudencia más desfavorable al reo, un principio aberrante para el derecho en general y que también, miren por dónde, que está expresamente recogido en nuestra Constitución. Vuelve la «antiespaña» mientras nos desayunamos con que la fiscalía del Juzgado de Instrucción número 11 de Madrid ha abierto diligencias previas contra el actor Willy Toledo por cagarse en dios. El destape carca está descontrolado y menos mal que nos queda Estrasburgo. Quizá es que el conservadurismo patrio está sin cepillar permanentemente, de forma perpetua, per secula seculorum.

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