El sueño de las redes produce estupidez


Parece ser que las redes sociales son, genéricamente y con dos docenas de comillas, buenas para las relaciones sociales. Qué invento, oiga: conectan, hacen compartir, matan soledades, crean parejas, reencuentran amigos, unen intereses, favorecen algunos negocios y engordan el bolsillo de unos cuantos traficantes de almas a miles de kilómetros de cualquier parte. Si es que el lugar geográfico existe en internet.

Rebusco, pero me cuesta encontrar muchos más factores positivos. Me pesan en exceso la destrucción de la intimidad, la dificultad para seguir en cómodo anonimato, la preservación del derecho al olvido, que cada vez es más raro. Me da por Detroit el exhibicionismo, el narcisismo hipertrofiado, los gorrones publicitarios que en realidad son usados como kleenex por las grandes marcas y, muy en especial, me repugnan las cacerías morales salvajes. Por eso mantengo las redes a prudencial distancia y las bebo como el tequila, en cantidades mínimas, tendentes a cero, aunque soy consciente de que es posible que la generación de mis hijos las ingiera como si no hubiera mañana.

En fin, pros y contras, etcétera. Da para una nueva y plúmbea asignatura de una facultad con la que torturar a los estudiantes. Pero lo que está bastante claro es que las redes sociales producen una montonera de tonterías, algunas de ellas peligrosas de verdad. En realidad, las redes no funcionan sino como un acelerante de todo, de lo bueno y lo malo. Así que la estupidez de baja intensidad que antes producía el cotilleo interpersonal y que tardaba unos días, o años, en levantar leyendas urbanas, ahora florece y se multiplica alegremente, con decisión. Se llama y se llamaba también antes, el bulo. El último, que pudo causar muertes, fue el de la movida de Lavapiés en Madrid. No se puede ser más bobo e irresponsable que esos concejales que atizaron el fuego del bulo de, poco menos, el asesinato de un inmigrante. Menos mal que el gobierno municipal es de Podemos y, aunque un poco tarde, se dio cuenta de que está gobernando y que manda en la policía municipal. Podemos es quizá el único partido capaz de hacerse oposición a sí mismo. Si otro hubiera estado gobernando, es seguro que el barullo habría durado varios días, como aquellos de los suburbios de París.

El periodismo nunca fue perfecto. Demasiado unido a lo alimenticio o a lo político, demasiado indolente, ligado a empresas incompetentes, errático, impreciso, atrevido o ignorante. Con todo y con eso, el periodismo pre redes era profesional y sabía rectificar, y estoy convencido de que producía más beneficios que dudas. También había artículos grandiosos, cultos, entretenidos y útiles, existía la defensa frente al poder y la crítica a lo infame. En definitiva, era como las personas que lo hacían: había buenos y malos periodistas, y luego los de deportes. Era, digamos, un fuego controlado. Pero desde que todo imbécil que posee un móvil y una cuenta de twitter se cree con el deber de informar al mundo, el periodismo languidece, agobiado por la selva de chorradas que se vierten en la red. Y el incendio amenaza con arrasar la verdad  de la cosas hasta las raíces.

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